Archivo de la categoría: Lamentos

A Luis Fuentes Castaño, El Mejor Padre de la Historia

papi4

Querido Papá, mi Papichú, Padre del Alma:

A pesar de que sabíamos de esta inhumana enfermedad desde hacía diez meses y tuve cierto tiempo para hablar contigo con el corazón en la mano, tengo aún cosas que decirte, y no atino a saber cómo arrancar. Quiero tan sólo agradecerte cómo fuiste. Nunca aceptaste piropos; no querías ni escucharlos; sólo saber de nuestras cosas, nuestros problemas y nuestros logros. Por eso aprovecho ahora para dejar volar algunos pensamientos que me quedaron dentro, para agradecerte, como digo, todo cuanto hiciste por nosotros, para honrar tu recuerdo. Espero que mis palabras te encuentren, y que ni se te ocurra protestar.

No te voy a mentir, Papá, y contarte que estamos bien, para que te vayas tranquilo y satisfecho. Has dejado un vacío tan inmenso que hace que duelan las entrañas, y una sensación de confusión hacia una incomprensible y misteriosa existencia, que nos ha convertido en algo parecido a muñecos sin vida.

Sabíamos que el momento se acercaba, pero no queríamos aceptarlo y manteníamos la esperanza de que tan terrible espera se prolongase al menos unos meses más y pudieses cumplir tus 77 años de vida, tus 40 años de casado, y para que pudieses conocer al tercer Luis Fuentes de la familia, un regalo que conquistó tu corazón, y consiguió arrancarte sonrisas enlagrimadas en mitad del calvario que robó tu alma antes de la hora marcada por tan terrible destino.

Algunos piensan que no luchaste, que te declaraste vencido con el cruel diagnóstico, pero eso no fue culpa tuya. ¿Acaso un niño que ha caído al suelo se levantaría si su madre le dice que ya no puede levantarse? Cuando a uno le diagnostican con tan nefasto pronóstico éste se siente indefenso y aterrado, y vuelve a ser niño de nuevo. Yo no puedo culpar que no tuvieras ganas de luchar, cuando tantos oncólogos de Cabueñes te minaron la moral y escupían, ante tus ojos de santo y alma derrotada, que para qué ibas a levantarte. “Miren ustedes: nosotros no encontramos el Cáncer primario, así que nadie más lo va a encontrar. ¿Para qué van a ir a Madrid a por huevos revueltos cuando yo se los voy a dar fritos? Yo, si usted fuese mi padre, no me gastaría el dinero a lo idiota”, gritaba un histriónico, desalmado y sin corazón rey de oncología, del reino de la tontería, sin admitir las propias carencias y matando la esperanza de una familia entera. Alguien debería decirles que no es necesaria ni tanta realidad ni tanta crudeza en esta vida para que uno sea consciente de la crudeza y realidad de la vida. No te culpo, Papá. Que se atrevan a acusar tu falta de ganas y buen humor delante de mí y verás cómo salto.

Pero ese dolor pertenece ya al pasado. En cuanto nos dejaste un soleado miércoles de primavera, a primera hora de la mañana (siempre te ha gustado madrugar), cuando mientras te cogía de la mano, mientras apoyaba mi cabeza en tu hombro cansado, en ese instante en que dejaste por fin escapar a tu alma, todo aquel dolor físico que te había consumido desapareció de pronto, y dejó una eterna y tranquilizadora sonrisa en tu rostro.

En estos días de duelo, Papá, ya no te veo enfermo. Se me está olvidando la imagen de una sonrisa forzada, de una mirada sin esperanza y ningún ánimo en tu consumido cuerpo. Todo eso se escapa ya de mi recuerdo. Y ahora sólo puedo verte en paz, saludable y sonriendo. Sé que estabas preparado para marcharte, sé que tú estarás mejor que bien y te reencontrarás con tu gemelo Ernesto y con la abuela y el abuelo, con todos tus seres queridos, allá en el cielo. Pero no, Papi. No te diré que nosotros estaremos bien. Te lloraremos y nos enfadaremos, y al cielo odiaremos, y quizá, un día, comprenderemos. Pero nunca, nunca jamás te olvidaremos. ¿Cómo olvidar a alguien tan especial?

¿Cómo olvidar a quien nos dio la vida, al que no dudaba en remangarse a diario para jugar tras su jornada laboral, y nos llevaba a la confi a por pasteles y chocolates, a tomar el aperitivo, a comer helados y a pasear? No, Papi, eso nunca lo podremos olvidar. Tus manos duchas preparaban un biberón que sabía a gloria celestial. Recuerdo los yogures naturales y tus zumos de naranja, los paseos por el puerto y por la playa. Las visitas a Noreña, las partidas de billar y cómo nos entretenías enseñándonos a pescar.

Recuerdo el día en que llegaste de un viaje a Japón (era yo muy pequeña), y me puse tan contenta al verte entrar por la puerta, que eché a correr y me rompí un diente que nunca creció como debía. Recordaba el episodio y miraba mi diente con angustia, pero se ha convertido ahora en dulce y eterno recuerdo del amor que siento por ti.

¿Cómo olvidar a quien dio todo por su mujer y sus hijos, sin querer nada para él? Amoroso con los tuyos, generoso con todos, entregado, trabajador, humilde y honrado, sabías lo que querías y todo lo conseguías porque trabajabas por ello y te lo merecías, y dichoso te sentías cundo nos veías felices a los demás. Para mí, eso es ser santo.

El amor que mostraste a mamá a cada minuto ha hecho que tenga el listón demasiado alto, Papi, y que me haga querer encontrar a príncipes azules que no existen ni en los cuentos; sólo en casa. Cuidaste de Mamá tan bien, que tú recibiste cuidados propios de un rey, pues ella te veló día y noche hasta el final, sin desconectar un segundo de tan ardua realidad.

Cuando te agradecíamos cualquier cosa, contestabas levantando un guasón dedo y contabas con aplastante sinceridad: Oye, es que te voy a decir una cosa: “Yo he venido al mundo para servir, no para ser servido”. Tenías razón: siempre recordaremos tus bromas; cada una de ellas, que siempre me harán reír tan pronto como dé al botón de play del recuerdo.

Quise ser por unos días “el sostén de tu vejez”, como me pedías muchas veces bromeando, y por qué no decirlo, graciosamente amenazando. Y es por eso por lo que desde que estuviste inconsciente te cogí la mano y no quise soltarla hasta el instante en que te fuiste. Tú me diste la bienvenida al mundo con un beso y yo no podía hacer menos que despedirte de igual manera.

He visto en ti y en Mamá un amor tan profundo que nunca antes había visto, ése que no existe ni en las películas: un amor que discute por tonterías pero que es indestructible cuando las cosas se ponen mal, y que persiste más allá de la separación física. Y me ha hecho pensar en que los votos del sacramento del matrimonio son algo estúpidos, ya que ordenan amar a la otra parte hasta el último día de la existencia de uno de los dos, hasta que la muerte separe. ¿Es que cuando uno muere puede el otro dejar de amar así como así? Ya está, se acabó todo, puedes dejar de amar. ¿Cómo realizar semejante promesa?

Bombardean mi recuerdo tantos capítulos de nuestras vidas que almaceno libros en mi alma. 32 intensos años contigo, Papá, y te acabo de perder. No, Papi, no te puedo decir que me encuentro bien. Estaría mintiendo. Llevo unas semanas sin ti y no puedo aceptar la realidad todavía.

¿Te das cuenta de que hay un momento en el que ya eres un adulto y te has enamorado y has perdido a personas, y has sufrido pero también has sido muy feliz, y crees, en definitiva, que conoces todos los sentimientos posibles? Un día como hoy te das cuenta de que estabas equivocado. Quedaba un sentimiento horrible por conocer. Inhumano, irreal. Es el que se siente cuando pierdes a uno de tus seres más queridos. Personas que simplemente no pueden faltar en tu vida. Personas que crees necesarias para que tú puedas respirar. Y de repente no quieres salir, ni estar dentro, ni sonreír, ni llorar, ni ves un mañana ni le encuentras sentido a seguir comiendo e incluso respirando. Y se siente una pena infinita y eterna, una ira sin fin, incluso una cierta culpabilidad por haberte quedado tú aquí.

Y se siente también pánico. No es un miedo irracional como el vivido en el pasado; éste de ahora es muy lógico y normal: el mayor temor se ha hecho realidad. Y se tropieza uno con un punto de inflexión en la propia existencia, que hace que sólo quieras abandonar con la persona que ha marchado, porque en ese preciso momento los que se quedan te importan algo menos. Y no existen palabras de consuelo. Eso es todo lo que se llega a sentir en un instante. Y lo peor de todo es que un solo día está formado por unos 80,000 instantes y no se puede desconectar porque no existen botones de stop en el alma.

Llega un momento en la vida en el que te sientas a la mesa y eres consciente de que hay alguien que ya no está, pero sientes no que falte uno, sino dos o tres más. Y te sorprendes contando mentalmente a los que delante de ti están y ves que sólo falta uno, pero es uno que llenaba el espacio de veinticinco más.

Como dirías tú… Carajo, cómo te voy a echar de menos, Papá.

Cosas, cosas, cosas

Living room full of positive energy

Cosas, cosas, cosas; es lo único que parezco desear.

Todos los días, a todas horas, he de tener cosas a las que amar.

Cosas de colores, agradables, que hagan enamorar.

Cosas  que huelan a vida y se sientan suaves al palpar,

Cosas que sepan a gloria y endulcen el paladar.

Cosas que suenen a melodía que se quiere recordar.

Encuentro esas cosas o quizá me hallen ellas,

Como si se hubieran marcado a fuego mis huellas.

Son inmediatas, avispadas como centellas;

Y me vanaglorio porque son cosas tan bellas,

Que hacen envidiar a las mismas estrellas.

Cosas, cosas, cosas; es lo único que ansío.

Pero no quiero cosas para llenar mi vacío,

Sino cosas que llenen el espacio que circunda al mío,

Cosas que me abriguen cuando mi corazón sienta frío,

Y me escondan, me hundan y protejan con gotas de rocío.

Cosas que me hagan desvanecer de un mundo decadente,

Completamente destruido por las cosas de la gente.

Cosas que arrasan cuanto encuentran a ritmo ardiente,

Cosas que me comen las entrañas lentamente,

Y despliegan un dolor insoportable en mi alma y en mi mente.

Cosas, cosas, cosas; es lo único que parezco desear.

Cosas que me hagan sonreír cuando estaba a punto de llorar.

Cosas que me cieguen, me susurren y me hagan olvidar.

No se oyen los cumplidos mudos

xool young modern man is praying or meditating
Secretos Amantes con orgullo eterno

De vuestras prohibidas y ocultas pasiones.

Ansiando de libertad deseo,

Mas adorando tales opresiones.

Por generaciones envidiados

Por parecer libres aun estando atados,

Amantes Escondidos, habéis de ser lozanos.

Pues muestra la luz en la postrimería

Que tal aventura hoy se llama Cobardía.

De qué me sirve tu inmortal cumplido si tan sólo yo puedo escucharlo,

Cómo podría un corazón enteramente abrazarlo.

Qué paradoja, si la sequía de tu palabra me saciara.

Tu verdad no es verdadera si es callada.

Que hipócritas clamen que los sentimientos han de estar encerrados.

Que crean que se deben mantener en las entrañas, reservados.

Pensamientos furtivos y de voz adormilada,

Estancados en el polvo de la soledad ajada.

Viejo Amante Secreto, no me importa tu fe distintamente profesada,

Mas si tu corazón puede aguardar mudo y obediente

Prisionero de un alma que se cree paciente,

No estás hablando de amor;

Qué sé yo de qué me hablas.

Cuando uno ama, sólo ama.

Escondido, el amor no vale nada.

Recogí mis lágrimas del suelo

Water pearls on wet stone surface.

No iban a renovarme el contrato laboral. Se me acababa en diez días. También expiraba el de mi domicilio, que no podía renovar, ya que iba a quedarme sin trabajo.

Mi novio acababa de decidir que debía regresar a su tierra natal a iniciar un matrimonio de conveniencia cuya sola idea aborrecía. Además, el chico del que me había enamorado en los últimos meses por mensajes telefónicos y que veía todos los días en el trabajo había decidido terminar nuestra peculiar historia porque había conocido a otra chica con más agallas que yo. O por lo menos más segura de sí misma.

Llegué a mi triste habitación orientada a un sucio y oscuro patio, me senté y miré a un infinito que ni siquiera me devolvía la mirada.

Y de pronto, cuando pensaba que nada podía ir peor, mi collar, con el que jugueteaban mis nervios y desesperación, se rompió. Mi collar de bolitas de cristal transparente. Una joya que había hecho yo con mis propias manos y con esfuerzo casi supra humano. Mi collar de 157 bolitas, una por cada día que me había escrito con aquel amor.

Mi collar roto. Bolitas de cristal que parecían lágrimas esparcidas por el suelo. Me quedé así durante minutos que parecieron horas.

Pero en algún momento, en mitad de mi desesperación, decidí tirarme al suelo y recoger mis lágrimas. Todas. No quedó ni una en el olvido. Ni una sola para pasto de aspiradora.

La Paloma y el Mendigo

Me encontraba esperando en  un banco a una amiga, y me quedé ensimismada mirando una paloma que reposaba tranquila, sin hacer nada. Siempre he aborrecido las palomas. Son sucias, feas y molestas. No tienen una función útil en la sociedad. Tampoco es que me entusiasmen los gatos, pero estos al menos limpian las calles de ratones.

 

Ésta era horrorosa, gorda,  y de un tono sucio parduzco que hacía poner a uno una mueca de disgusto en la cara. Cerca había un mendigo tomándose un bollo de pan.  La paloma le miraba curiosa, ladeando la cabeza de forma rápida e interrumpida, como reconociendo comida, pero pendiente de los movimientos de aquel tipo por si intentaba “atacarla”. El mendigo alargó la mano con unas migas que dejó cerca de ella, pero ésta echó a  volar desconfiada.

 

Enseguida me olvidé de la paloma y me quedé pensando en el mendigo. En que si quería, no tenía por qué estar ahí, en mitad de la calle, pasando frío y teniendo que pasar ahí todo el día para conseguir dos euros.  Estas personas no tienen ninguna función en la sociedad. Mientras los otros nos devanamos los sesos o nos hacemos llagas en las manos para ganar el pan y desempeñar un rol que ayude a otros a vivir mejor, estos individuos se pasan horas en la calle mirando al vacío que no existe, al tiempo que no va a volver. ¿No tienen a nadie? ¿No tienen ideología política o religiosa? Quizá se la llevó su familia y amigos  cuando estos desaparecieron. Probablemente son los mendigos los que escapan de los seres queridos. Quizá nunca los han tenido…

 

Quizá mientras unos se pasan la vida pensando que es lo siguiente que se van a comprar o a qué restaurante van a ir, otros navegan en un pasado que les obligó a huir, tratando de encontrar simplemente un presente en el que por lo menos no se sientan ahogados.

 

Lo cierto es que aquellos que sólo piensan en  semejantes trivialidades son tan inútiles a la sociedad como los mendigos.  Es cierto que a veces los mendigos son drogadictos, en ocasiones peligrosos, y definitivamente, hay que limpiar las calles de basura, pero nunca para tirarla, sino para reciclarla y convertirla en algo servible.

 

Algunos, al tenderles el brazo con migas de pan, se irán volando, pero otros, seguramente acepten el pan, porque lo necesitan y no saben cómo conseguirlo.

El Espejo

Caminaba por la calle asqueada por la temporada que estaba atravesando. Un montón de problemas se agolpaban en mi cabeza, que parecía iba a estallar. Entonces decidí hacer algo que nunca hacía: mirarme en un espejo alargado que hay en una calle perpendicular a la mía. Nunca quería echar un vistazo, porque sabía que la imagen que me devolvería no iba a gustarme.

 

Pero hoy pasó algo muy  diferente. En cuanto dirigí mis ojos hacia aquella cristalera, leí: “Lucha por tus sueños”, junto a un dibujo del sol. Era realmente algo inusual. Las pintadas que uno se puede encontrar por la calle son de política o de religión, normalmente de crítica despiadada, y siempre contrarias a lo que yo pienso. Pero ésta cantaba a la vida, mezclaba realidad con fantasía, alababa el optimismo, gritaba esperanzada. Y sonreí. Antes de apartar la mirada, me fijé en la imagen que me devolvía el espejo, y me gustó. Aquello era una señal, y hacía tiempo que no recibía ninguna. O simplemente hacía tiempo que no estaba atenta a ninguna.

 

En cuestión de segundos, mis problemas pasaron a un segundo plano. Se habían empequeñecido, y yo no pude más que pensar con miedo que gustarme físicamente era lo que me daba fuerzas para afrontar los sinsabores de la vida. Pero enseguida pensé que si me había gustado la imagen que aquel espejo me devolvió no fue porque estaba favorecida, sino porque me vi por dentro. Vi mis sueños, puros, poderosos, únicos. Y me gustó el rayo de optimismo que cruzó mi mirada, la chispa de esperanza que encendió mi alma.

 

Ese mismo día, quedé con un amigo con el que tenía que hablar de ciertas cosas que había hecho y que no me habían parecido bien. Pero yo ya no era la que había sido cinco minutos antes. Le hablé de forma alegre, perdonando, ajena de repente a cualquier daño superficial, desde otro plano.

 

De camino a casa, me encontré con una pompa de jabón enorme. La calle estaba desierta, y parecía venir desde muy lejos. La pompa fue bajando hasta que alargué mi mano y la toqué. No rompía una burbuja, dejaba que la perfecta realidad de dentro, saliese e impregnase todo.

 

“Érase una mujer a un tumor pegado…”

“Érase una mujer a un tumor pegado… Érase una pirámide de Egito, Los doce tribus de tumores era…”

 

Pero ésta no es ninguna crítica cómica a un enemigo literario. Ésta es la realidad. Así es como se siente ella, desde hace un mes. Esto es lo que dice a su gente, intentando reírse del problema,  parafraseando a Quevedo, pero no haciéndole esto ninguna gracia.

 

Olía que algo no iba bien. O, mejor dicho, veía que su sien derecha era desigual a la izquierda ya desde hacía un tiempo. Pero ¿desde hace cuánto? “¿Meses?”. “No, mamá. Un año seguro. Acuérdate que en la boda de Mar me lo comentaste en el baño”. “Tienes razón. Quizá sean dos…”. Como ahora me fijo, las fotos me dicen que unos cinco.

 

Pero pensaba que el hueso se estaba deformando, por cuestiones de edad, porque la vida es así, porque patatín, porque patatán. Nunca pensó ella, nunca pensé yo, nunca nadie pensó que sería un tumor. Uno no piensa en esas cosas. Las ve lejanas, las ve ajenas, las ve imposibles. Pero ocurren. ¿Cómo va a pensar uno que algo no va bien? En realidad, hasta el más pesimista es optimista en salud. Uno no quiere ni pensar que le puede tocar a él, quizá por miedo a que por fin le toque la loto, pero justo la que uno no quiere que entre en su casa. La de la desgracia.

 

Un tumor en la cara, justito, justito debajo del cerebro. No parece grave. Es benigno. Eso no es nada. Vete por  lo público. Hazte la punción. No hagas resonancia, no hace falta. Tampoco tac; eso no es necesario. Vete a este otro médico. Eso lo opera un maxilofacial cualquiera. Es muy simple, pero yo no lo opero. Vete a este otro, es muy majo. (No me vale que sea majo ¿es bueno?). Mujer, es una operación muy fácil. Muy fácil muy fácil. Es un tumor benigno, lo dice la punción. 2 por 2 y por 1. (Me duele mucho tras el pinchazo. Está más grande tras el pinchazo). Es normal que duela, que esté más grande; eso no es nada. No duele. (¿Lo habrá tenido él alguna vez?). Vete a este médico y pregunta que cuál de las dos te recomienda: resonancia o tac. (Creía que no hacían falta más pruebas). Bueno, cuanta más información mejor, la verdad, para cuando se tenga que extraer. (Tengo miedo al líquido de contraste, me puede dar alergia. ¿Es yodo? Me da angustia meterme en un tubo por ¿cuánto exactamente? Hora y cuarto. Sin música. Me han dicho que en el Rúber ponen música. Además es menos tiempo. Cuento ovejas, lloro, me falta el oxígeno. Entro en mi cabeza, veo el bulto lo agarro y lo tiro bien lejos).

La prueba ha salido muy bien, lo mismo: Hemangioma. Benigno, bla bla bla. Vaya al cirujano maxilofacial público. Le dará cita para verla de nuevo y ya extraerlo de una vez. (Sí, sí, sí. Gracias a Dios… Llevo un mes sin pegar ojo).

 

Uy, esto es complicadísimo. Es benigno, pero aquí dice que al poner el líquido de contraste hubo una reacción que suele aparecer cuando el tumor es de nervios o de vasos.. (¿Y eso qué coño quiere decir? En cristiano, por favor). Esto… puf… Cuando lo extraiga, voy a tocar el nervio porque esto está lleno de nervios y la frente quedará paralizada, no podrá mover las cejas, y el párpado también quedará paralizado. (¿¿Perdone??). No podrá cerrar nunca  el párpado, pero se hacen unas operaciones ahora en las que se ponen unos pesos en los párpados… (Esto no me puede estar pasando a mí). Si quiere, puede ir a un privado, pero no por pagar se lo van a hacer mejor o le van a decir otra cosa… (Lloro por dos días enteros. Voy a un privado). Nadie sabe en el mundo más de tumores que YO. No tiene sentido nada de lo que te han dicho. Hay que ir a uno de plástica. Ni Suárez, ni Colmenero ni nada de nada, porque  esto no está en el cerebro. De PLÁSTICA…

 

Érase una mujer, una bonita mujer a un tumor pegado, érase un tumor superlativo, un bulto al que nadie dio vela aquí. Unas células asquerosas reproducidas de no se sabe dónde ni por qué que han robado la sonrisa a mi madre. Si el cuerpo humano es tan imperfecto, que a la que el cáncer no la afecta por arriba, le afecta por abajo o por los lados, ¿por qué carajo no se inventa algo? ¿Por qué hay tan pocos privilegiados que pueden hacerlo y por qué aún siendo brillantes tardan tanto en descubrir curas y tienen que hacerlo en grandes grupos? ¿Por qué somos tan cortos de mente, que ni siquiera entendemos nuestro propio cuerpo? ¿Por qué nuestro más preciado bien está cubierto por algo tan endeble? ¿Por qué mi madre? ¿Por qué, por qué, por qué?

El aburrimiento

Nada que hacer. Absolutamente nada. Tengo que permanecer sentada delante de este ordenador, sin poder acceder a Internet o levantarme a hacer otro descanso. Descanso de no hacer nada.

Lo único que puedo hacer es abrir Word y escribir esto, que es aburrido. Aburridísimo. Porque del aburrimiento sólo puede salir algo insulso. Pero ¿será realmente así? Si estoy divirtiéndome y decido escribir algo ¿será ameno debido a mi actitud? Y ¿acaso alguien escribe cuando lo está pasando bien? ¿Es que para en ese preciso momento para escribir? A mí me parece que uno escribe cuando se siente deprimido, obligado por trabajo o simplemente muy inspirado, que por otra parte se trata de algo esporádico. Pero ¿cómo escribir cuando uno es el protagonista de la novela? Y si uno debe estar triste para escribir, ¿cómo es que existen las comedias? ¿Son siempre sátiras? ¿Risas que ocultan lágrimas?

El aburrimiento es una de las peores sensaciones que existen, porque llega a desesperar. Nunca suelo aburrirme. Tengo un mundo interior riquísimo, pero hoy… hoy me he aburrido ya del aburrimiento y no puedo más que aburrirte a ti.