Enseñando la lengua

Inspirado en Castellanopatías, de Sergio Lechuga Quijada

El día amaneció lluvioso. A pes ar del melancólico escenario que creó el clima de aquella mañana, la gente se agolpaba en las calles, riendo y cantando, ya que Madrid se vestía de fiesta. Sin embargo, al acto asistimos sólo unas mil personas, de cuarenta millones que acoge el país. Una pésima proporción, tratándose de un funeral tan relevante: el del castellano.

No ocurrió de repente. Las enfermedades que le importunaban, causadas por los hispanohablantes, habían conseguido que su salud se resintiese poco a poco, arrastrándole, sin remisión, a su postrimería. El doctor Lechuga denominaba al conjunto de ellas “castellanopatías”, y, en un principio, se había mostrado bastante optimista en cuanto al proceso de curación. Él pensaba que la gente se acabaría tomando fármacos para combatir el problema; sus esperanzadas predicciones, empero, se vieron truncadas. Algunos ni siquiera sabían que minaban la salud del idioma, con tal achaque. Otros, sí, aunque hacían caso omiso, porque las consecuencias no afectaban de forma directa a sus instintos más básicos (auténticos animales verbales, de lengua torcida y ninguna conciencia). Suponía una complicada tarea hacer uso de las medicinas propuestas por el doctor, ya que no bastaba con dirigirse a la farmacia, comprarlas e ingerirlas con un traguito de agua. Las dosis de buenos libros, las píldoras de grandes profesores y los comprimidos de D.R.A.E. no costaban demasiado dinero, pero sí mucho esfuerzo: Uno debía ir asimilándolas día a día; sobre todo, se necesitaba constancia. Además, el efecto no se daba de inmediato, otra condición que lograba que el paciente rehuyese el arduo tratamiento. Aun así, cuantos lo probamos sabíamos que los resultados permanecían, dando lugar a maravillosos frutos, y, por tanto, merecía la batalla.

Quizá llegue el día en el que cantemos un réquiem por el castellano: si continuamos por esta apocalíptica y equivocada senda, caeremos sin oportunidad de restablecimiento. Cuando una infección no se cura, por muy leve que ésta se presente, termina por perjudicar más de lo esperado, pudiendo palpar, incluso, la destrucción de quien la padece. Hoy, ahora, tenemos tiempo para percatarnos de nuestro peligroso estado, y medicarnos contra esas taras idiomáticas, como las muletillas, vaya, a fin de que las eliminemos (incluso a los pedantismos), y a condición de que no reaparezcan sus síntomas vulgares. En cuanto a los extranjerismos (responsables muchas veces de mi stress), que regresen a su patria, si no se encuentran en una situación legal. Yo seguiré con mis pastillas didácticas, para vencer algunas sobrantes rimas de mi prosa; mis cacofónicas cacofonías, porque, del mal lingüístico, pocos se libran.     

 

Advertisements

One thought on “Enseñando la lengua

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s