Recogí mis lágrimas del suelo

No iban a renovarme el contrato laboral. Se me acababa en diez días. También expiraba el de mi domicilio, que no podía renovar, ya que iba a quedarme sin trabajo.

Mi novio acababa de decidir que debía regresar a su tierra natal a iniciar un matrimonio de conveniencia cuya sola idea aborrecía. Además, el chico del que me había enamorado en los últimos meses por mensajes telefónicos y que veía todos los días en el trabajo había decidido terminar nuestra peculiar historia porque había conocido a otra chica con más agallas que yo. O por lo menos más segura de sí misma.

Llegué a mi triste habitación orientada a un sucio y oscuro patio, me senté y miré a un infinito que ni siquiera me devolvía la mirada.

Y de pronto, cuando pensaba que nada podía ir peor, mi collar, con el que jugueteaban mis nervios y desesperación, se rompió. Mi collar de bolitas de cristal transparente. Una joya que había hecho yo con mis propias manos y con esfuerzo casi supra humano. Mi collar de 157 bolitas, una por cada día que me había escrito con aquel amor.

Mi collar roto. Bolitas de cristal que parecían lágrimas esparcidas por el suelo. Me quedé así durante minutos que parecieron horas.

Pero en algún momento, en mitad de mi desesperación, decidí tirarme al suelo y recoger mis lágrimas. Todas. No quedó ni una en el olvido. Ni una sola para pasto de aspiradora.

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