Dándole a la lengua

Inspirado en el libro de Julio Somoano y David Álvarez

Me encontraba en casa dándole a la lengua y tomando unas sidras con unos amigos compatriotas, Julio y David, cuando esa estúpida cajita, conocida comúnmente por tele, nos contó que la policía había incautado droga en Alicante. Julio, David y yo nos miramos con complicidad, aunque también reflejando impotencia por aquel significativo desliz que solían permitirse los comunicadores. No hizo falta esperar a que aquella impersonal voz en off repitiese tal perla (como así ocurrió): Mis colegas no acostumbran a perdonar algo semejante, y, por ello, iniciaron una ardiente y exaltada conversación que versaba sobre el deber de la gente de cuidar el idioma. Yo, amante desde muy niña de las letras y las palabras, defendía la misma opinión, naturalmente, pero destaqué que lo inexcusable lo constituía que quienes cometiesen tales faltas fuesen los responsables de los medios de comunicación. Añadí, después, que las personas de la calle (refiriéndome, con esto, a las que no trabajan en los medios) se expresaban de forma deplorable, y que siempre ocurriría así; más aún, les dije que no tenían por qué hablar correctamente, ya que aquello no era a lo que se dedicaban. Lo cierto es que la tonalidad de la cara de mis invitados se tornó de un blanco que manifestaba incredulidad, reproche, y que hasta llegó a asustarme.

No exageraba con mis palabras, lo juro. Lo que sucedió es que no me había explicado del modo adecuado, o, mejor dicho, había traspasado la raya de lo permisible, que se traza cuando estoy con Julio y David. Creo que supone un deber de todo el mundo mantener la propia lengua, hablar bien. Sin embargo, lo que yo quería que ellos entendiesen era que nunca se va a conseguir, que se trata de un deseo utópico, pues el dominio del idioma resulta en extremo dificultoso, y a las personas normales, en su cotidianidad, nadie les exige que dialoguen correctamente. Así, creo que no llegará el día en que lo usual lo represente la manera de comunicarse que lucía Cervantes. Además, ¿qué ocurriría entonces con los autores de libros que muestran una intención didáctica sobre el correcto español? Es decir, ¿qué sería de ellos mismos? Afirmé que si todo el mundo conociese a la perfección la lengua, no haría falta ese tipo de novelistas y, también, que el número de escritores se elevaría hasta rozar lo ilimitado (aunque para escribir sea necesario manejar otros aspectos aparte de ése).

De repente, en mitad de mi incomprendido monólogo, entró en casa mi asistenta Noemi, que venía aparentemente poseída y con ganas de hablar, como todos los días. Mientras dejaba sus bártulos en una silla, soltó una parrafada incansable, que caló hondo en nuestras sensibles almas escritoras:

“Buenas, buenas. Estoy histérica. Mi marido me pone más que enferma, fíjesen bien. Hoy me levanté tempranísimo, como por arte de magia, milagro pa mí, y pensé de que podía aprovechar el día, así que bajé abajo a comprar comida pa llenar la dispensa, y, luego, poder limpiar, que, por cierto, no sé pa qué, si, contra más limpio, más me ensucian en casa. Bueno, el caso es que, entonces, me encuentro a mi marido, ¡que me dice que no pudo cobrar la anónima!” Al notar el extraño gesto que adquirían nuestras caras, Puri aclaró: “Sí, hombre, sí, cobrar la anónima es cuando en el trabajo te tienen que pagar, ¡milagro pa ustedes que no lo sepan! Bueno, eso, que estoy harta, que siempre soy yo la que me quejo de todo, y la que le influencia pa que proteste al jefe, y él, sin hacer nada. No sé… es que es un poquito lo que se dice cansado pa mí, porque yo soy empleada del hogar y no tengo yo por qué hacer las cosas de mi Paco, ¡que es que yo no doy más de sí! Que, encima, él va y se queda haciendo el zapping o zapin, como se diga, que yo no sé hablar demasiado bien, todo hay que decirlo. Bueno… ¡bah!, que, luego, la verdad es que me desatornillo con las cosas del Paquín y se lo perdono todo, no crean. ¡Es que es tan salao!”.

Como si no necesitase nuestra opinión (que, en verdad, no le hacía falta), se retiró a la cocina, ya con el mandil puesto, y continuó abofeteándonos con su interminable retahíla de gazapos, ofensivos para nuestros delicados oídos. Con todo, no pude evitar sonreír y preguntar a mis dos acompañantes:

– ¿Y lo gracioso que resulta, qué?

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