El Espejo

Caminaba por la calle asqueada por la temporada que estaba atravesando. Un montón de problemas se agolpaban en mi cabeza, que parecía iba a estallar. Entonces decidí hacer algo que nunca hacía: mirarme en un espejo alargado que hay en una calle perpendicular a la mía. Nunca quería echar un vistazo, porque sabía que la imagen que me devolvería no iba a gustarme.

 

Pero hoy pasó algo muy  diferente. En cuanto dirigí mis ojos hacia aquella cristalera, leí: “Lucha por tus sueños”, junto a un dibujo del sol. Era realmente algo inusual. Las pintadas que uno se puede encontrar por la calle son de política o de religión, normalmente de crítica despiadada, y siempre contrarias a lo que yo pienso. Pero ésta cantaba a la vida, mezclaba realidad con fantasía, alababa el optimismo, gritaba esperanzada. Y sonreí. Antes de apartar la mirada, me fijé en la imagen que me devolvía el espejo, y me gustó. Aquello era una señal, y hacía tiempo que no recibía ninguna. O simplemente hacía tiempo que no estaba atenta a ninguna.

 

En cuestión de segundos, mis problemas pasaron a un segundo plano. Se habían empequeñecido, y yo no pude más que pensar con miedo que gustarme físicamente era lo que me daba fuerzas para afrontar los sinsabores de la vida. Pero enseguida pensé que si me había gustado la imagen que aquel espejo me devolvió no fue porque estaba favorecida, sino porque me vi por dentro. Vi mis sueños, puros, poderosos, únicos. Y me gustó el rayo de optimismo que cruzó mi mirada, la chispa de esperanza que encendió mi alma.

 

Ese mismo día, quedé con un amigo con el que tenía que hablar de ciertas cosas que había hecho y que no me habían parecido bien. Pero yo ya no era la que había sido cinco minutos antes. Le hablé de forma alegre, perdonando, ajena de repente a cualquier daño superficial, desde otro plano.

 

De camino a casa, me encontré con una pompa de jabón enorme. La calle estaba desierta, y parecía venir desde muy lejos. La pompa fue bajando hasta que alargué mi mano y la toqué. No rompía una burbuja, dejaba que la perfecta realidad de dentro, saliese e impregnase todo.

 

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