Despiste fatal

Le conocí cuando estaba a punto de morir. Estaba muy pálido y sudaba bastante. Enseguida me miró como reconociéndome y sonrió. Yo aparté la mirada, tímida, pero me di cuenta de que él podía ser distinto, y de que no debía desaprovechar la oportunidad de conocer por fin a alguien que valiese la pena. Así que le miré a los ojos y le dije: “Hola. ¿Nos conocemos?”. Él volvió a sonreír y respondió: “Puede que sí. De otra vida, quizá”.

 

Eso tenía que ser. La atracción, la magia que sentimos en un solo segundo fue tan intensa, que estaba segura de que estábamos destinados el uno al otro. Qué pena que en ese momento me atropellase un coche por haberme quedado ensimismada mirando al tipo sudoroso aquél.

 

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