El abuelo paterno

Jacob y María eran tan pobres que comían sopa de ortiga, día sí, al otro también. A veces, cuando era época de moras y frambuesas hasta se permitían un festín. Tenían cinco hijos, todos menores de cinco años, y aunque todavía no comían demasiado, era obvio que necesitaban nutrirse con algo más que plantas y pequeñas frutas.

En cierta ocasión la falta de comida se acusó de un modo tan evidente, que Jacob decidió salir al monte en busca de alimento. Se llevó consigo el burro para usarle como soporte y medio de transporte, y un hacha y una sierra, en caso de necesitar hacer leña para calentarse, ya que la noche estaba al caer. Aunque era verano, por las noches el tiempo enfriaba bastante, y nunca estaba de más ser precavido, pensó. Mientras observaba las estrellas tumbado boca arriba, pensó en su familia: en lo desolador que era pasar  hambre; en la educación que nunca podría proporcionar a sus hijos; en las joyas que nunca adornarían el cuello de su mujer. Y también pensó un poquito en él. Porque él también deseaba comodidades. Y, tras un rato disfrutando virtualmente de los bienes que nunca poseería, se sintió algo avergonzado por estar deseando cosas que no eran verdaderamente necesarias. Porque, aunque de sueños se tratase, recordó que cuando más se peca es cuando se piensa. Al menos eso le había repetido siempre su madre.

Aunque el burro le estaba dando bastante calor, se levantó de un brinco sin pensar más, y se dispuso a hacer leña, para evitar tener pensamientos inconvenientes. Agarró su hacha, y comenzó a talar el árbol más próximo. Cuando terminó, cogió la otra herramienta y comenzó a serrar, recopilando toda la leña que pudo. Después cayó exhausto junto al animal y durmió unas horas, sin haber preparado fuego.

No le despertó el primer rayo de sol, sino el burro, que tenía sed.  Jacob compartió su agua con el animal, cargó la leña en sus alforjas, y se puso en camino hacia la aldea, con esperanza.

Cuando por fin divisó ésta a lo lejos, dio alcance a un par de chicos que transportaban paja en una mula.

–          Buenas tardes, señores_les dijo Jacob con una inclinación de cabeza.

–          Buenas tardes, caballero_contestaron los jóvenes mirándose el uno al otro con mirada divertida (nunca antes les habían llamado señores).

–          ¿Se dirigen a la aldea a vender su paja?

–          Así es. ¿Se dirige usted a vender su leña?

–          Ésa es mi intención. ¿Saben a quién podría vendérsela?

–          Claro, venga con nosotros. En esta época del año todavía hace calor, así que resulta difícil… pero hay un tipo al que siempre le interesa tener de sobra.

–          Estupendo, se lo agradezco.

No tardaron mucho más en llegar a la aldea y encontrar al posible comprador. Sin embargo, la paja y la leña le pareció demasiado botín, y les comunicó que en aquella ocasión sólo podría comprar uno de los dos combustibles para fabricar su fuego.

–          Definitivamente, prefiero la leña.

Los chicos se miraron el uno al otro seguramente recriminándose no haber sido buenos hombres de negocios.

–          Verá. La leña… va con la paja. Estos chicos son como de mi familia y hemos de venderlo todo hoy. Lo que haremos será venderle la paja, que quema mucho más rápido, y hacerle un precio especial por la leña. Se la dejamos a la mitad.

–          No sé… me parece demasiado…

–          El mes que viene estará usted comprando lo mismo al doble de precio. Es una buena oportunidad. Hágame caso.

El hombre terminó aceptando ante la seguridad de Jacob, y les pagó la paja, y la mitad de lo que costaba la leña. Cuando dejaron la casa del comerciante, Jacob les dio a los chicos el dinero de la paja.

–          Ha sido usted un hombre honesto_le dijeron los mozos.

–          Quizá nunca habría vendido la madera sin vuestra ayuda, así que soy yo quien debe estar agradecido.

Los chicos se quedaron tan contentos que le llevaron a su casa y le dieron de cenar, mientras le contaban a sus padres que habían vendido toda la paja gracias a él. Los padres también se mostraron muy agradecidos y la mujer le preparó una bolsita de tela con comida; un buen trozo de queso, una botella de leche y una buena hogaza de pan.

–          Tenemos muchas cabras, así que la leche y el queso no supone ningún gasto para nosotros.

Jacob acabó aceptando, aunque no pudo decir que sí a la oferta de pasar la noche en la casa.

– ¡Pero si está diluviando! Además ya es muy tarde. De todas maneras, no iba a llegar hasta mañana_le había dicho la mujer.

– Les estoy muy agradecido, pero no voy a dormir por la noche. Desearía llegar cuanto antes para ver a mi familia…

No se atrevió a explicar que quizá uno de sus hijos podría fácilmente estar muriéndose de hambre en estos momentos.

Al cabo de una hora, partió sin perder un minuto hacia su casa. El burro debería ir más ligero por la leña que habían dejado atrás, pero lo cierto es que con la lluvia que estaba cayendo, el animal no dejaba de resbalar y caerse. Era una faena, porque en aquel país llovía bien poco. “Tenía que ser hoy ¿verdad?”, mascullaba entre dientes mientras tiraba del burro para ir más deprisa.

A cada minuto que pasaba, la lluvia era peor, los relámpagos más visibles, y los truenos más constantes y sonoros.

–          Amigo, tenemos la tormenta encima de nuestras cabezas. Tenemos que guarecernos. Es inútil continuar. Aunque no veo dónde podemos guarecernos…

Por un momento le pareció oír que su burro le decía: “Teníamos que habernos quedado a pasar la noche. Hasta yo sé eso…”.

–          ¿Has dicho algo…? Claro que no…

Al día siguiente, María se levantó más pronto de lo habitual. Se encontraba muy inquieta. Pensó que quizá a Jacob se le habría ocurrido viajar durante la noche.

Pero Jacob nunca más regresó. Lo hizo el burro a media tarde, a trompicones, empapado y con mirada horrorizada, suplicando poder hablar por unos minutos, para contar la desgracia que había presenciado aquella noche.

A Jacob lo encontraron unos aldeanos dos días después, tirado en mitad de un descampado; chamuscado por un rayo de la tormenta que había caído días antes.

–          Ha sido el hacha.

–          O la sierra. Atraen los rayos como moscas a la miel. Debería haberlo sabido.

–          Pobre hombre.

–          Sí, pobrecillo.

 

Ésta es una historia real. Ocurrió hace ya unos 70 años, en una aldea del noreste de Grecia. La historia de cómo María sacó a los niños adelante… ésa… es otra historia.

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