La telebasura no puede reciclarse

Enciendo la televisión. El Juego de tu vida, Mujeres y hombres y viceversa, La Noria.  Cambio de canal. El Diario de la Pati, El Big Bro, los Factores X… Apago el aparato. Horas más tarde, vuelvo a las andadas, con la esperanza de poder disfrutar de un género televisivo, cualquiera que éste sea, de calidad (buena, se entiende), interesante y entretenido. Inútiles anhelos, idealismo sumo. Y el fin de semana, que me habían dicho que estaba reservado para el descanso, ¿Dónde estás, corazón?: una lista desmesurada de programas carentes de valores (por supuesto, unos en mayor medida que otros), que sólo puede provocar hastío a personas con un mínimo de inquietud intelectual.

Tal sensación de rechazo resulta inevitable, ya que el elenco de posibilidades existente, aunque amplio en cantidad, no lo es tanto en cualidad. Parece claro que entre ciertos desperdicios y otros, uno escogerá ciertos u otros, y no lo que no se le ofrece. Los directivos de las empresas de comunicación deciden por todos, se arriesgan, y después ven si el producto triunfa o no, por la medición de las audiencias. Pero este sistema, el establecido, en realidad no tiene en cuenta la opinión del consumidor.

Se realizan estudios cuantitativos, impersonales, que no reflejan que una gran parte de la población se encuentra descontenta con la “parrilla televisiva”, que no hay quien se la coma. Así uno hace un programa y éste triunfa, pero ese éxito se da porque no existen otras opciones para un público sin voz, o, también, porque existe un gran sector de la población (todo hay que decirlo) al que gustan estos contenidos sensacionalistas, así que aquél piensa que se trata de un buen producto, y continúa emitiéndose. De esta manera, se crea un vicioso círculo nada deseable. Pero uno se pregunta entonces, ¿realmente, estos directivos creen que sus productos constituyen lo mejor para el público, que es ese tipo de programación la que de verdad interesa?, ¿o resulta que prefieren ignorar la verdad, y adaptarse, renunciando a sus principios, a cualquier petición del público que responda a los instintos más básicos del ser humano? Lo cierto es que seguramente se hagan los suecos.

El problema de estas compañías está en que se encuentran orientadas a la venta: su único fin se llama Beneficio; de apellido, Al máximo, cuando lo apropiado sería que su principal deber fuese satisfacer las verdaderas necesidades del público (y es seguro que éstas no consisten en conocer a más famosillos o “profundizar” en las vidas de los que ya se conocen).

Así, todos los días, a través de la “estúpida caja” (calificativo, por otra parte, injusto e impropio, ya que tontos son los que emiten sus malos contenidos), sólo podemos observar un bombardeo de batallitas de famosetes, famosetes por sus batallitas, cuando, en realidad, a un buen número de la población no le interesa en absoluto este tipo de guerrillas. Diga usted en alta voz quién es Nuria Bermúdez (aparte de nadie): “Se “lió” con el ex marido de la hija de una cantante española. Ridículo ¿verdad? Bien, pues esta “joya”, de bisutería, incluso se ha internacionalizado.

En verdad, son muchos los que aborrecen semejantes espectáculos morbosos. Sin embargo, por otro lado, y como decía, hay que admitir que la Telebasura gusta a un número de personas mayor del deseable; sobre ello no cabe duda alguna. Pues bien, si ello es irremediable, puede suponerse que en lo que sí estamos todos de acuerdo es en que resulta inadmisible que se nos tome por estúpidos. Por eso, cuando esta gentecilla se dedica a  hacer montajes, no se puede afirmar, y de hecho así ocurre, que ellos personifican la indecencia, ya que nuestra percepción del asunto será totalmente errónea. No son ellos los que realizan los montajes. Mienten, de acuerdo, pero son los periodistas los que dan a conocer esa mentira al mundo. La culpa recae enteramente sobre ellos, y resulta incluso insultante que estos nos hagan creer que hacen su trabajo de modo correcto, y que los inmorales son los protagonistas de estas “películas”. Eso, en el insólito mundo de la objetividad, se llama hipocresía; engaño de los comunicadores (por llamarlos de algún modo) en su incapacidad de descubrir lo verdaderamente noticioso. Carentes de esa percepción adecuada, demuestran ser auténticos mushcrakers.

La incapacidad para muchos y la complicación que conlleva, para otros, crear nuevos formatos televisivos resulta comprensible para cualquiera. Ahora bien, si se tiene que trabajar sobre cuanto está inventado, la dignidad humana exige un mínimo de calidad, algunos valores; sencillamente, algo digno de esa dignidad. Por ello, resulta perfectamente exigible que no se trabaje con basura, y, que, ni por asomo, ésta se recicle, ya que de este tipo de basura no es posible salvar nada.

 

 

 

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