Todos somos racistas. Y mentirosos.

Antes de nada, he de recordar que las teorías son polémicas. Si no, ni se trata de una teoría ni de nada que merezca la pena.

Pues sí. La gran y triste verdad es que todos en este mundo somos racistas; más aún, diría que desde el momento en que Alguien creó razas diferentes.

Porque veamos: Los que admiten serlo lo son. Y los que no…

De este grupo, unos te dirán que no lo son, porque tienen un montón de amigos de otros países y culturas. Pero ¿tendrían esas personas como pareja a alguien de distinta cultura? ¿Se casarían con ellos? Más aún, ¿se atreverían a tener hijos con ellos?

Pues en la gran mayoría de los casos, no. A la hora de dar el pasito pa´ lante María, de repente muchos se dan cuenta de que han perdido el ritmo y se quedan inertes. Comprometerte a compartir tu vida con una persona por el resto de tu vida (o hasta la boda o el arrejuntamiento siguiente) es algo muy gordo. Casarse con una persona de diferente raza y cultura implica un sacrificio sobrehumano por parte de ambos, que desgraciadamente casi nunca se da. Siempre hay una (digo… uno) que cede, pero en la mayor parte de los casos… no se da y punto. Al fin y al cabo… todos somos  de una raza única (la humana) y uno se convence de que encontrará a algún otro humanoide, pero en esta ocasión buen vecino.

Digamos que para casarte con alguien tan diferente no sólo hace falta AMOR, sino que hay que estar bastante loco y ser un romántico empedernido. Ni me voy a meter ya con el tema de tener hijos. O se tiene una raíz común o el pobre Mohammed Pablito va a crecer con un cacao maravillao de aúpa.

Pues sí; ésa es la triste conclusión: El amor verdadero no es en absoluto suficiente. Pero no nos quedemos con la parte negativa, eso no me gusta nada. Recuerda que el recuerdo es lo que se recuerda. ¿Perdón…?

El caso es que el tipo o la tipa (sí, sí, volviendo al tema que nos ocupa) que ha decidido casarse  con un negro o una negra te dirá que no aguanta la impertinencia del amarillo. Un momento, déjame nominar, que personalizando todo suena mejor.

Mi amigo Pedro que se fue a vivir a Japón porque adora la educación y el detalle de su colega Mika aborrece la superficialidad de mi amiga (y no suya) india Kuljit, que se atreve a ir espantando posibles amores de su vida, porque sus padres no los han pre-aprobado.

Yo misma quería abofetear  a mi amigo Ali del Yemen, cuando abandonó Londres por culpa de su visado y dejó una pila de metro y medio de platos sucios en su habitación. ¿Qué por qué quería pegarle? No, no, no me importa cómo tenga él su habitación. Yo nunca la hubiese pisado. Pero cuando se le vació el habitáculo y se sacó de allí toda la mierda  (no puedo por más que quiera utilizar un sinónimo más agradable), un pequeño ratoncillo que vivía entre sus restos de pasta con tomate se mudó entonces a la habitación de al lado.

La mía, por supuesto.

Y que nadie me haga empezar a relatar la historia de una compañera de cuarto china que tuve en esta diversa ciudad, que tenía sólo unas bragas, que lavaba en la ducha a la vez que lo hacía ella, y que colgaba en la puerta de nuestra habitación con una mancha sospechosa que nunca se iba a quitar, si no la ponía a 95 durante un mes de lavadora non-stop.

Todos generalizamos y creemos en clichés, y sacamos conclusiones  baratas y precipitadas. Pero ésta no lo es: Todos somos racistas, incluso aunque se demuestre lo contrario. Que no se puede. Y en el caso de que alguien siga afirmando que no lo es… entonces… todos somos racistas y mentirosos. Que también.

Y es que después de haber conocido a Ali o a aquella X Lee (qué coincidencia, que riman) miraré con reticencia al siguiente Lee que conozca o al pobre Mohammed de turno… Cada vez que oiga “vengodelYemen,ytúquétalestasydedóndevienes” pensaré: mmm… ¡¡del Yemen!! Y diré: “¡¡Hurra!!” o ¡¡“Yipihááááá!!

Y el que siga manteniendo que no es racista llegará al día en  que no entenderá la manera de reaccionar de un extranjero y aún así dirá en un alarde que él cree “de bondad” e intentará explicar compasivo: “Pobre, déjalo; es extranjero”, con lo que indicará que le está excusando por parecer idiota. Conclusión: él también le ha visto idiota.

Y el que todavía vaya de no racista el día menos sospechado soltará alguna de éstas:  “Qué olor más raro el de ese chino”, “Qué cotilla la coreana pesada ésa”, “pobrecillo ese negro”, “Qué putona esa mulata”, “qué hijo de puta el musulmán” o también, por supuesto, el archiconocido  “¡putos musulmanes!”, o “putos vascos y catalanes”. Ála (que no Alá), así; generalizando, que es gerundio.

Y si todavía hay algún sabihondo o “a” (que dirían los estúpidos a los que ahora les da por especificar sexo) que continúa cantando que no es racista… entonces a ése se le podría discriminar por estúpido.

Pero que nadie crea que a mí me gusta esta realidad, por Dios. Una cosa es que admita que todos somos racistas y otra muy diferente afirmar que estoy satisfecha con ello.

Y es que el odiado racismo inquebrantable afecta mi vida más de lo expuesto. Si sólo me molestase el olor a curry de las barriadas hindúes de London Town… pues mi vida seguiría siendo igual de feliz que si no pasease por esos barrios.  Pero “lo mío”, que no tiene otro nombre más que ése, va mucho más allá: Yo adoro a un musulmán que a su vez me adora, hasta el punto de haber hablado millones de veces y una más sobre matrimonio. Pero, para ser honestos, yo no quiero tener a un pequeño Mohammed, Mustafá o Hakam. Me gustaría algo así como Alvarito o Adrián. Quizá hasta algo más inglés: Ben me parecería perfecto…

Desengañémonos, por favor. La diversidad cultural sólo sirve para crear problemas. El extranjero siempre nos traerá desconfianza y miedo. Terror a que nos alteren la paz que tan bien nos sienta a todos.

Y yo… yo… hoy necesito gritar: que ME CAGO EN EL RACISMO, que insisto, es inherente al ser humano. Y sí: también me cago en la diversidad cultural. Ojalá todos fuésemos iguales, puestos a pedir, de color rosa. Me cago en Babel y me cago en la familia de mi novio, que nunca me aceptará. Y, cómo no, me cago con todas las ganas en mi propio Pichurrín, que nunca tendrá pelotas para cambiar su realidad cultural. ¿¿Qué por qué?? Lo llevo repitiendo desde el principio: ¡Porque el también es racista! Si yo me llamase Mcbulé, otro gallo cantaría por las mañanas de mi vida.

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