¡Eres divina!

¿No os apasiona cuando en una de esas novelas de Victoria Holt la protagonista llega de un sucio y largo viaje en carruaje, sube a su habitación del XVIII, acompañada por supuesto por un viejo y elegante mayordomo, se asea y se pone un vestido de seda azul? ¿Y qué me decís sobre cuando tienen además una cinta de pelo de raso que va a juego con el vestido? ¿Y de cuando se cepillan además su larga, brillante y sedosa cabellera antes de bajar a degustar un ágape tan extraño como inglés, cubertería de plata y porcelana china? Una comida del tipo… riñones con huevos duros y verdura fría con mermelada de arándanos.

¡Oh! Sencillamente, sublime. Todas nos moriríamos por ser esa chica. Incluso algunos, también. ¿Pero por qué, en realidad? ¿Porque es irreal? ¿Porque sabemos que le espera una aventura a vuelta de página…? Quizá. Pero lo que verdaderamente nos atrae de ella es que con sólo quitarse un poco la roña del viaje, darse un cepillado rápido y ponerse un vestido cursi con cinta en el melón… ¡la chica está que rompe!

Y es que, mientras las mortales dedicamos una buena porción del día en ducharnos, maquillarnos y desmaquillarnos y atusarnos los cabellos con planchas, secadores y rizadores, ¡estas chicas no le dedican más de cinco minutos a sus abluciones!

En gran parte de los casos la chica es además descrita como una belleza. Pero no son pocos los libros en lo que ya se la describe como “de una belleza particular… no exactamente guapa, pero con un encanto diferente…”.  Vamos, que uno debe quedarse con la canción. La cuestión no es ser guapa sino sentirse guapa o, al menos, segura y sexy.

Y es que ese fenómeno de la seguridad se daba más antes. Aunque seguro que a alguien le han venido a la cabeza mil casos sobre inseguridad física de mujeres del pasado (por ejemplo, la emperatriz de Austria Sisí y su obsesión por la delgadez). Sin embargo, esos son puntuales. Lo que les pasaba a las chicas de antaño es que no se veían bombardeadas por referentes perfectos en publicidad, a través de televisión y revistas, a diario.

Pero desengáñate ya, por favor, ¡esas chicas pluscuanperfectas no existen! Y no es que lo diga yo para calmar a algún alma atormentada. Es que, de acuerdo, algunas son guapas, pero otras ¡ni siquiera! Y las que lo son tienen un maquillaje profesional encima (o séase muy bien puesto), y un par de horas de trabajo con photoshop.

Imagínate a ti misma el día más guapa de tu vida; aquél en el que te casaste o tuviste una boda o una fiesta para la que contrataste un maquillaje profesional. Y ahora visualízate con ropa de marca, estilosa y que además te queda como un guante. Y ahora, tras ese parto… Imagina que te quitan las imperfecciones de la piel con photoshop, los brillos, pelillos que se vean… Imagina que tu melena se ve brillante y sana… Pues qué queréis que os diga, ¡así yo también estaría ideal!

Y ellas están feas el día en que aparecen en la foto robada, sin maquillar y con el típico chándal hortera; cuando duermen menos horas por culpa de haber asistido a una fiesta macarra; cuando de repente empiezan a tener hijos…

Y además, ¿sabéis qué? Que ellas se dedican a eso, y tú no. Tú tienes tu trabajo, tu especialización. Que puede ir desde  limpiadora, pasando por peluquera o alta ejecutiva en una empresa muy cool. Ellas no, repito. Ellas se dedican a matarse a dietas; la de los 700 litros de agua, la más famosa, porque a alguien se le ocurrió decir que el secreto de su piel y de su figura era esa sencilla agua del grifo; a dormir todas las horas del mundo para no tener los ojos rojos y congestionados; a ésta, a ésa y a la otra actividad inhumana.

Pues yo… aquí “pa´ti, pa´mí”… yo prefiero vivir una vida sana (mentalmente hablando) y tener un corpori un poco menos sanote.

Estoy bien harta de los rostros de las revistas, que no se parecen en nada a los que veo en el metro londinense todas las mañanas. Es cierto que un rostro bonito venderá el producto mejor, pero ¿es que alguien se cree que si usamos esa crema de 30 euros nos vamos a transformar en esa súper chica de la foto?

Pues parece que lo triste es que sí: crema que sale al mercado, ungüento milagroso que creemos estar adquiriendo.

¿Por qué no nos vamos a cenar solamente con el vestido,  el lazo azul y las gotitas de seguridad de que estás divina?

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