Miércoles: se frustran todos mis planes

Ayer nos fuimos a cenar a un sitio horrible. Según estas dos elementas que me acompañan, era tarde para ir al centro (juro que son cinco minutos si vas en autobús al centro), pero en fin, en realidad yo soy la que se ha apegotonado a las prójimas, así que callé como una perra. O como cualquier otro animal que no es un loro, vaya. El caso es que fuimos a un sitio de al lado del hotel a comer un escaso y demasiado aldente plato de pasta, con unos trocitos de pan que nos costaron seis euros.  Pedimos agua al ver el precio del pan. Fue una cena horrible, la verdad. Y lo peor es cuando alguien te dice en estas situaciones: “¡Pues yo creo que estaba muy bueno!”.  Alguien que obviamente no tiene ni idea de cocina. Hombre, si estás acostumbrado a cocinarte pasta en cinco minutos tras abrir un cartoncillo de tomate… pues claro que entiendo que te parezca maravillosa una pasta que lleva dos trozos de pimiento verde. Que por cierto estaba crudo.

Hoy tampoco he hecho demasiado, la verdad. Me he ido al puerto (El Pireo) con intención de coger un barco e irme a Hydra, una islita que dicen que es monísima y en la que se han rodado películas. Pero hoy el metro se paraba cada dos por tres (que son seis) y llegué tarde. Odio el metro. Antes me gustaba, pero empiezo aborrecerlo: aquí y en Sebastopol. Aquí, en concreto, la gente no te deja ni bajar antes de subir. Se forman unas melés importantes, y siempre siempre tienes el sobaco de alguien cerca de tu pituitaria. La gente se mete aunque no quede un hueco libre ni para meter una mosca. Ese fenómeno de “vamos a intentar hacer otro récord de los Guiness petando el metro” lo he visto ya muchas veces en Londres, pero aquí me pareció incluso peor… Aunque tengo que admitir que en los metros es en donde se analiza apropiadamente las características físicas de las personas. ¡Y eso me entusiasma!

Al contrario de lo que creía, los griegos y griegas no son guapos… Ellas quizá hasta lo sean más. A pesar de esos pelos mal teñidos que llevan y ese rizo completamente sin definir. Parece que cuanto más cardado, más a la moda. En cuanto al tinte… no es que usen el típico rubio que se usaba hace dos décadas, en plan horterilla. Es que, como TODAS son de pelo negro, el rubio queda artificial. También se tiñen bastante de caoba, aunque el rubio se lleva la palma, pero lo que no se ve o se ve a una entre mil quinientas, es el negro o el castaño. Lo deben de aborrecer. Eso sí , ¡las uñas las llevan arregladísimas! Y no falsas, como en Inglaterra, más que nada, porque ni las encuentras en los supermercados. Más que nada, es que… ¡tienes suerte si encuentras un supermercado! Allí triunfan las tienditas tipo badulaque de Apu…

En cuanto a los hombretones… a mí me parecían todos muy turcos de piel, pero no del estilo del típico turco guapetón. Vamos, que no se veía mucho típico griego, sino ya muy mezclados. Y algo común que suelen tener griegos y griegas es que tienen un montón de pelo.  

En fin, la mujer con cara de pocos amigos de la pequeña y cutre oficina de mini viajes en barco de El Pireo me dijo que a esa hora (las 10.30) mejor me iba a la pequeña isla de Egina, que está a media hora, y no a dos horas y media, como la otra. El caso es que quedé en ir al día siguiente a Hydra, y decidí que ese día me iría a subir el monte Lykabitos en funicular.

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Pero ese plan también se me fastidió.  No encontré el cacharro por ninguna parte, así que empecé a subir con mis piececitos, pero pensé que me iba a dar un  mal cuando vi unos mil escalones en dirección única y exclusiva hacia el cielo, así que di media vuelta, bebí agua y pregunté por la sillita voladora aquella. Pero me dijeron que tenía que caminar cinco minutos más hacia arriba, y casi hasta le grité al pobre adolescente aquel: “Cómo que hacia arriba? ¿Es eso cierrrrto? Se quedó mirándome como si yo estuviera un poco loca. Qué desfachatez. Loca yo.

Me pasé la tarde viendo la catedral, alguna que otra iglesia ortodoxa y el museo de arte cicládico, que por fin aprendía de qué iba, y que me pareció un robo. A ver… este arte es mono, pero pagar 7 euros por ver figuritas casi idénticas en vitrinas de cristal… Es que yo soy más de tocar que de ver.

 Y, para que os culturicéis del todo, aquí dejo el link:

http://es.wikipedia.org/wiki/Arte_cicl%C3%A1dico

Después me fui a ver el cambio de la guardia al soldado desconocido, frente al Parlamento, el museo que hay dentro de la parada de metro de Syntagma (si es que se le puede llamar museo…), a conocer la plaza más peligrosa de Atenas, Omonia; busqué la famosa joyería Zolotas, vi Cartier, una joyería española que no me gusta nada de nada y está puesta ya en Londres también, y la de Elena Votsi. De Zolotas lo único que me gustó fue el nombre, porque esa tendencia que tienen aquí de hacer florecillas y espirales, me horroriza. A mí me gustan los animales, la verdad. Las copias de lo que encontraron en los museos. Aunque las florecillas también se encontraron… y las espirales también…

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Ese día cené sola, porque Reyes y María habían sido invitadas por Dimitris, el jefe de la empresa en Atenas, para ir a cenar a Kastela (la parte bonita de El Pireo). Me sentí un poco dejada de lado, porque su jefe dijo que yo viniera, que no había ningún problema. Por supuesto yo no hubiera ido, o sí, ¿por qué no? El caso es que me quedé marginadita perdida, y cené sola en Bairaktaris en Monastiraki, esquina con Mitropoleos, un souvlaki de cerdo, que todavía no había probado, envuelta por música alegre griega y miradas curiosas de la familia dueña de la taberna, y de los innumerables retratos que adornan la pared del fondo. Degusté mi Souvlaki con dificultad porque ese cerdo estaba bien duro, otro vino asqueroso del todo que por cierto no lo entiendo, ¡porque Dyonisos precisamente es autóctono!

Tras infinitas miradas llenas de preguntas, me invitaron a más vino, y a un postre de yogurt con miel, no sin antes preguntarme de todo. Debían de pensar que mi novio me había abandonado, o por lo menos eso pensé yo y hasta me lo llegué a creer en cierto punto de la velada. Yo solo decía: estoy sola, estoy sola, con cara de pena. Menudo número monté yo allí sin necesidad de cámaras.

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