Lunes: ¡Corriendo a ver mi Acrópolis!

Hoy me levanté prontísimo para degustar con tiempo el bufet del hotel (algo que no me puede entusiasmar más), aunque mi hermana Reyes y su coleguilla de trabajo María desayunaron un poco antes para llegar pronto al trabajo en su primer día.

El desayuno no era nada del otro mundo, pero a mí me encantó ¡¡porque había ensalada griega!!  Mmmmm. No puedo dejar de pensar en aquellos tomates rojísimos, con feta, olivas negras saladas, pepino fresco y aceite de oliva por un tubo. Exquisito. Además, no me privé y no dudé en mezclar estilos: también cogí huevos revueltos con bacon, dos tostadas con mantequilla y mermelada, pan con jamón de york, mortadela y queso de vaca, un mega yogurt, zumo de naranja y dos cafés. Sí. Quizá me pasé un poquito. El segundo café sobraba.

Como el quiosco en el que ayer nos compramos los billetes de autobús estaba cerrado todavía (eran las 8.30 de la mañana), me dirigí con cara confusa a la parada tratando de encontrar una máquina expendedora de tickets, pero en su lugar un señor mayor muy sonriente me encontró a mí. ¡Mi salvación! Le di cinco euros y pedí uno. En lugar de devolverme cuatro, el muy listo me dio cinco tickets y me espetó en buen inglés: “Los necesitarás”. “Muy avispado, colega”, le solté yo en español de toda la vida. Le hice una foto para recordar aquella cara de pícaro y cogí el bus hasta Sintagma, la plaza principal, en donde está el Parlamento. Tampoco conocía otra cosa.

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Desde allí fui en busca y captura de la Acrópolis. Me costó un poco ubicarme y me tropecé con mi Olympeion, que deducía que no estaba dentro de la Acrópolis, así que pregunté a uno que parecía trabajar en una empresa de mensajería, que me miró con cara de culo y que me señaló al lado contrario de forma brusca. Pensé que me enganchaba el agujero de la nariz con tanto énfasis.  

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Calcan doce euros por entrar, pero es que con esos doce te dan la entrada a la Acrópolis con cuatro entraditas más pegadas, que van arrancando cuando visitas otras ruinas, y sirve para cuatro días, aunque nadie puso ninguna fecha ahí, así que supongo que puedes usarlo cuando quieras.

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La Acrópolis me encantó, pero ¡no sabía que además del Partenón, el templo de Atenea Niké y los Propíleos estaba también el Erecteion, el teatro de Dyonisos y el de Herodes allí, a dos pasos todo lo uno de lo otro! ¡No me acordaba, vaya!

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Tras veinte minutos de subida rápida e intensa hasta la cumbre, me quedé dos horas contemplando un  Partenón totalmente derruido,  lleno de grúas y obreros gritando: “Malaka, pásame el martillo”. No, no decían eso exactamente, pero parecían discutir todo el rato.

http://es.wikipedia.org/wiki/Acr%C3%B3polis

El tiempo era espléndido. Aunque habían previsto nieve, lucía un sol radiante  que me obligó a quitarme el abrigo, la chaqueta y hasta a subirme las mangas. Me quedé hipnotizada mirando todos los rincones del Partenón y del Erecteion con sus cariátides, las más populares y mejor conservadas de Grecia. Está mal decirlo, pero… incluso me llevé un pedrusco de una zona acordonada… O no…

Y, aunque lleno de gente, allí me sentí sola, o única, mejor dicho. Y las voces griegas, italianas y españolas se alejan, y sólo se escucha el viento que no se cansa de explorar aquellas increíbles ruinas.

Uno entiende lo protegidos que se sentían entonces aquellos, capaces de ver a los espartanos llegar, con tiempo de sobra para preparar a sus hombres.

El caso es que cuando salí de allí pensando en estas memeces, también me encontré de bruces con el Ágora griega, su museo, su templo de Hefesto, las oficinas en donde nació la democracia, el área donde Sócrates enseñaba a Platón… y me di cuenta de que en cuatro horas ¡¡lo había visto todo!!

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 Hasta me dio tiempo a sentarme a escribir mis impresiones y algún que otro mensaje de móvil en una especie de roca grande de forma circular, cosa por la que por cierto me llamaron la atención de manera brusca, ya que ahí debía de sentarse Aristóteles a quitarse el blanco del invierno. Definitivamente, los griegos no son amables… Haber encontrado al tío que nos ayudó a ubicarnos en la noche del domingo fue como encontrar una aguja en un… alfiletero.

La verdad es que estando allí es facilísimo imaginarse a Sócrates o a Eurípides filosofando en halo de multitudes. Sentí una absoluta paz. Más memeces. Más.

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Cuando subí unas escaleritas para ver el templo a Hefestos, me sorprendió el vigilante exclamando que qué bellezón estaba hecho, que si estaba casada. Le dije que por supuesto, y que el jamelgo me esperaba a la vuelta de la ruina. Él, todavía maravillado (y mira que es complicado trabajando en plena ágora griega), me espetó que cuán lucky era el mozín. No more comments.

Otra de las entradas era para el ágora romana con su Torre de los Vientos, que habían creado aquellos porque la griega se había quedado pequeña y querían una más adecuada para el comercio. Completamente destruida e insulsa, a mi parecer. La Torre es bastante bonita. Era un reloj, de doce metros de altura y ocho de diámetro. La verdad es que como la ves con cierta distancia, parece de menor grosor.

http://es.wikipedia.org/wiki/Torre_de_los_Vientos

Pues eso. A las cuatro de la tarde sí que había visto media Atenas. O eso me parecía, por lo menos. Así que me dediqué a ver más tiendecitas en Plaka. Vi una escultura que me gustó mucho, de hierro fundido de arte cicládico (eso me han dicho, aunque no tengo ni idea de lo que es), de una pareja, que representa obviamente el amor. 30 euros, y me la dejaban en 15. Me pareció carísima igualmente, y sé que aquí intentan estafar hasta a sus padres, así que decidí memorizarla y buscar una igualita en otro tugurio.

A las cinco ya me había visto absolutamente todas las joyerías de la callecita Pandrossou, una de las que desembocan en Monastiraki, una de las plazas más populares de Atenas, a la que todo el mundo llega siempre sin darse incluso cuenta. El caso es que mi madre me había encargado una joya de oro, de uno de los típicos animales: la cabra o el león. Así; tal cual. Sin más indicaciones. Apunté algunos precios, hice fotos de los brazaletes que más me gustaron, mentí como una bellaca a un par de joyeros al prometerles que volvería a su tienda probablemente a gastarme 2000 euros (que conste que lo dije sin pestañear) y me di cuenta de que quería morirme del cansancio.

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Así que emprendí rumbo a Syntagma para coger el 40, el único autobús que cogería en el resto de mis vacaciones, por ser circular y conveniente para mí. Pero antes me saqué un bono para usar todos los medios de transporte por siete días (10 euros) ¡Qué barato! Y es que me ha dicho mi Puturrú de Foie que como aquí son socialistillas todos, si suben los precios del transporte, se echan al cogote del gobierno. Sí; se les ve rudos, la verdad.

El caso es que otra vez me bajé algo así como en dos paradas anteriores a la correcta, y ¡caminé durante 45 minutos! No sé qué leches pasa en esta calle, que parece todo igual y no hay quien se ubique. Estaba molida. Llegué al hotel, me descalcé y me preparé un café con esas teteras eléctricas que me encantan y que también ponen en los hoteles londinenses. La Kettle de toda la vida, vaya. Pero como tenía la actividad en el cuerpo, bajé a investigar el tema de Internet.

Tras soltarme que media hora de conexión costaba nada menos que 3 eurazos, puse cara de culo apretado y alargué el parné. Como yo siempre huelo los problemas, me senté ya de mala gana levantando la ceja a aquella sucia pantalla. Dirigí mal mi cabreo, puesto que lo que no funcionaba era el teclado. La “N” en concreto, y como mi apellido lo lleva, y además quería escribir importantes emails… pues eché una carrera a recepción para escupir unas cuantas quejas. Cuando la chica vino tres minutos después (ya habían pasado diez desde que introduje la contraseña) le espeté que me iba a cambiar de ordenador, y que me diese otro código, puesto que si le hacía la regla de tres así mentalmente y a bote pronto, me salía que les había regalado un euro por la jeta. La chica obviamente no puso pegas y me dijo que me cambiara al de la izquierda, porque el del medio no funcionaba. Vamos bien.

Me senté en el tercer y último ordenador, que iba absolutamente lentísimo. ¡Al final, sólo pude escribir un mail! ¡En media hora! Increíble; se congelaba todo el rato. Fue una experiencia insoportable. Monté una escena y les dije que iba a hablar mal del hotel. Menuda capulla yo también…

 Tras hablar con mis padres por algo así como una hora… esperé a mi hermana. Esperé y esperé, ¡y no apareció hasta las 20.30! y eso que mi escultura griega particular me había dicho que allí se trabajaba sólo hasta las 3. Y es cierto que en invierno cierran todo: museos y tiendas a esa hora, pero claro, ¡ellas trabajan auditando! Pensé que me moría del aburrimiento esperándolas. La cadena española era la única del hotel que no se oía, y la inglesa y la americana eran todo el rato la BBC y la CNN, y no me apetecía nada ponerme a ver noticias…

Al final aparecieron y fuimos a comer a Monastiraki el plato que me había recomendado mi querido novio: Souvlaki. Lo hay de cerdo, el más popular; de ternera, de cordero y hasta de pollo. El sitio al que fuimos se llama Thanassis, en Monastiraki, haciendo esquina con Mitropoleos. Es el más recomendado en las guías y en alguna página de Internet, y la verdad es que nos encantó. Lo servían en una sartencita con el pan de pita crujiente recién sacado del horno,  cebollas rojas y tomates muy frescos, y patatas congeladas, eso sí. En Grecia no dan un duro por esmerarse en las patatas. Pedimos también Tzaziki, la salsa de yogurt con pepino y ajo que yo hago desde hace tiempo y que me sale fabulosa, y un vino que resultó ser blanco y sabía muy parecido al Ribeiro gallego. Luego, mientras paseábamos y veíamos cosas rarísimas y bastante creepy como escaparates repletos de maniquís, nos tomamos un helado de Baklava por la zona. Bueno, yo, porque Reyes y María lo pidieron de otra cosa, de cuyo nombre no quiero acordarme. El mío tampoco estaba bueno, la verdad, porque el Baklava estaba un pelín rancio, pero por lo menos estrené sabor.

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La verdad, es que quedamos satisfechísimas. ¡Ha sido un día genial! Eso sí: a las 9 se me cerraron los ojos viendo una griega cantar como una posesa en pleno prime time.

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