Jueves: ¡A Delphi!

Tras levantarme para ir al puerto a coger mi barcazo (por cierto, nunca vi barcos tan gigantescos como en El Pireo), cambié mi rumbo al darme cuenta de que a Grecia iba a volver seguramente, y que en las siguientes ocasiones sería únicamente a islas, así que pregunté en la recepción del hotel cómo llegar a Delfos. Necesitaba ver al Oráculo, sobre el que había estudiado en Literatura Universal en la Uni, para ver si me desvelaba el futuro o guiaba mis pasitos. Así que tras llegar a Syntagma, cogí un taxi porque el muy inútil del hotel no supo decirme qué autobús iba a llevarme a la parada aquella de Lytobasssi…liguass… algo parecido.

El caso es que el muy cabr… desconsiderado ¡¡¡¡me cobró 17 euros!!!! Y sólo atravesó dos avenidas. Largas, ¡¡pero aún así!! ¡¡Increíble!! El pasaje del bus fueron 13.60. “¡¡Sólo se vende ida! ¡¡Sólo ida!!”, repetía enfadado el peludo de la estación aquella. Se me pasó por la cabeza que querían mantenerme encerrada en Delfos, que no habría ningún sitio para comprar un billete de vuelta. ¿¿Por qué carajo sólo vendían ida?? Incomprensible.

El colmo fue que antes de coger el bus decidí ir al baño, al que no dejaban literalmente pasar si no dejabas dinero.  El tío sucio aquel de la cesta era un cabroncete con pinta de mafias. Fui a cambiar para darle 50 céntimos, porque me negaba a darle una moneda de dos euros. Y cuál fue mi sorpresa cuando entro (me mira mal por dejar 50 céntimos) y entro en un tugurio sin papel y con un agujerito en el suelo, a lo francés. Increíble. Tenías que abrir las piernas por lo menos metro y medio. En España, si hay una tipa o un tipo sentados a la puerta de un baño; primero, no es obligatorio dejar una propina; y segundo, siempre está limpio y con papel, pues se supone que al recibir propinas uno se siente en la obligación moral de corresponder con trabajo. Menuda indecencia la griega. Me quedé estupefacta.

El viaje a Delphi en autobús, de tres horas de ida y tres de vuelta, fue la peor experiencia carreteril que he tenido yo en mi vida. El vejancón aquel que conducía era el tío más temerario con el que me tropecé en mi corta existencia. Hubo un momento en el que en la mitad de aquella carreterucia comarcal el coche de delante de nosotros (que estaba a unos doscientos metros) se paró para girar a la izquierda. Pero lo cierto es que no acababa de decidirse, porque por el otro carril venían coches en dirección contraria. Bueno, pues el viejillo del volante, en lugar de frenar (iba a 150 Km por hora), siguió sin inmutarse o decelerar. Juro que pensé que nos lo tragábamos. Lo malo de todo esto, es que yo iba justo detrás del conductor, que es un sitio que me chifla (si el del lado contrario está ocupado), y claro, tan de cerca se ven todos los defectos. Gracias a una mano divina, el coche que venía en dirección contraria (no ya tan a lo lejos) frenó y dejó torcer por fin al coche de delante, con lo que nosotros pasamos sin problema. Pero de milagro, os lo aseguro. Sentía el corazón en la boca. Pensé que me daba un infarto a mi tierna edad…

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El caso es que llegamos sanos y salvos, me bajé con las patas temblando, y hubo un momento en el que pensé: “Pero ¿qué leches estoy haciendo yo sola en Delfos, en el culo del mundo?”. Me sentí fatal. Justo enfrente del gigantesco Parnaso, solísima y perdida, me apeteció llorar por un momento. Pero decidí que ya lo pensaría cuando no tuviese nada en qué pensar, y pregunté a un gordo sebosón: ¿Para ir al templo, por favor? Había una americana que también iba de pringada, como yo, y un grupo de otras tres americanas un poco raras. El caso es que todas íbamos un poco perdidas, y no os creáis, cada una por su lado, pero llegamos al museo.

Bonito, pero de repente me dio por preguntar si allí también se cerraba todo a las tres, y una señora me dijo exaltada: “¡Sííííí, tienes que correr al templo, que lo cierran!! ¡¡Queda hora y media!!”. La verdad que eso es lo malo de ir en invierno. Es una mierda lo de las tres. Yo había cogido el bus a las 10.30, con la caña que le había metido el autobusero rebelde habíamos llegado a la una, pero aún así, ¡me quedaba ver el oráculo y tenía una hora y media!

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Así que fui con paso ligero a ver las ruinas que se veían de lejos, que eran como un arco rodeado por piedras en forma circular. Muy bonito. Caminé, caminé, caminé y llegué al Oráculo. Me pasé allí una hora entera, empapándome de su sabiduría, respirando semejante aire impoluto. Y, como no había un alma viviente, salté el cordón, entré en el círculo sagrado en el que crecía la hierba porque nadie pisaba, pensé en el pasado, sentí el presente, pedí futuro, e hice fotos. También miré al tendido y saludé, porque de lejos se veían varios coches aparcados y sabía que el oráculo se veía desde todos los puntos de Delphi.

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 El caso es que al volver me fijé mejor en el letrero de lo que acababa de visitar y ¡¡no ponía nada de templo de Apolo!! Aquello era el templo de Atenea Pronia, la fundadora de Atenas. ¡Mierda! ¡Pero si tenía forma de Oráculo! ¡Era perfecto! ¿¿Pero cuál es la forma de un oráculo?? ¿Qué estoy diciendo? Me di corriendo la vuelta y caminé, pasé por el gymnasium, y vi unas ruinas un poco alejadas. Seguí caminando, caminando, caminando… y por fin me di cuenta de que el Templo de Apolo eran las cuatro columnas que se veían en lo alto de una colina. Llegué a las 2.45 a la taquilla, y casi muero de un infarto, cuando una griega gorda y con pinta de haberse quedado en los 80 me suelta: “¡Estamos cerrando! ¡No puedes subir ya!”. “¡¡¡Noooooooooooooooooooooooo!!!”, dije yo. ¡Imposible!! ¡Tengo que verlo! ¡¡He peregrinado desde muy lejos para ver al Oráculo!! ¡¡Todavía hay tiempo, por leeeeey!!”. Se me fue un poco la pelota con lo de la ley, pero lo conseguí. Si voy a Delfos y no veo el Oráculo, es como para meterme un tiro de mierda en cada sien. Así que corrí cuesta arriba, que pensé que se me salía el higadillo por el morro, sorteé perros abandonados, algunos gatos, sudé la gota gruesa, me entró una especie de ataque de asma, flato… ¡¡¡pero llegué!!! Llegué con tiempo suficiente como para mirar fijamente el templo, no ver el Oráculo por ninguna parte, preguntar a una que trabajaba allí qué qué leches había sido el Oráculo, ver el teatro de Delfos, y un templito que no me acuerdo de a quién estaba dedicado. El caso es que el tal Oráculo es un cuadrado en el suelo en el que se colocaban los sacerdotes o sacerdotisas antiguamente para recibir las visiones de él.

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El caso es que cuando volví y vi a aquel gordo seboso que me enseñó el camino al decepcionante oráculo, le miré con cara de: “necesito volver a Athina”, y parece que me leyó el pensamiento o más bien tenía percebes en los eggs de ver semejante cara de desesperación en los turistas, pero el caso es que me soltó un: “yo soy el único que vende los tickets de vuelta a Atenas… Y tenéis que esperar diez… no; quince minutos hasta que vuelva del baño”. Lo dijo con una cara de satisfacción que me hizo convencerme de que todo el mundo puede ser alguien importante en su pequeño y patético círculo. Bien por el malaka cagón.

Cuando el bus llegó pensé que moría de la ilusión. Me senté muy atrás para evitar ver cosas desagradables, y me relajé. Miré la montaña, un pueblecito en mitad del Parnaso, al cielo que dejaba que el sol se ocultase… y vi un árbol hecho de nube. Entonces me di cuenta de que yo era de las que ven árboles hechos de nube y no nubes en forma de árboles, y que por eso podía aguantar en una ciudad desconocida siete días sola y lo que me echasen.

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La verdad que el autobús tardó una eternidad en llegar, porque había atasco. Además, cuando llegamos a Syntagma (en el autobús número 24, que por cierto no era tan complicado de coger), nos encontramos con un caos tremendo delante del Parlamento. Resulta que, como me explicó Reyes después, un estudiante anarquista disparó a un profesor. No sé más, porque no encontré noticias sobre aquello. Por eso cerraron la carretera de delante del parlamento, y cuál será mi sorpresa cuando veo venir a una motaza enorme que no frena, como el conductor idiota de por la mañana. Por supuesto, se comió la moto del poli, otro coche… y yo, que había presentido que alguien se la iba a pegar ese día, me metí como si tal cosa en el museo Benaki, que cierra a las 12  los jueves. Todavía eran las 8. Cuando salí del museo llegaba la ambulancia. O tardó mucho, o a mí me aburrió soberanamente el pequeño museo. Probablemente las dos.

Y Como Reyes y María tenían un evento en la embajada, cené por mi cuenta, esta vez del Burguer King. Para llorar; pero estaba tan cansada que no pude aposentar mis posaderas en un restaurante y esperar, así que cogí la comida, el autobús y al hotel. Sí. La comida seguía caliente. Me duché, me di masajes en los pinreles, me lavé la cabellera. Ayyyy, qué placerrrr.

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