Quizá si me clavo un cuchillo…

 

Tras haber estado pensándolo durante toda la noche, llegué a la conclusión de que para matarse, lo mejor es coger un cuchillo y punto. Bueno, y punto no. Y clavárselo. Así, imbuido en estos pensamientos me dirigí a la cocina, pensando en la manera exacta de hacerlo.

 

Lo malo es que Paco siempre está por allí cerca rondando, y por supuesto, para no cambiar la rutina y chafarme así los planes, estuvo cocinando toda la santa mañana, cosa que por cierto nunca hace. Excepto el día en que me voy a suicidar, por supuesto. Bueno, uno de los. Y la verdad es que Paco es bastante pesado, porque era comida de lata. Pero según comentó: “quería que todo saliese perfecto”.

 

Pero ya todo me daba igual: tenía que intentarlo. Me daba lo mismo que estuviese allí Paco, Perico o Manolo, que yo estaba dispuesto a morir hoy.

 

Así que entré abrí el cajón de los cubiertos como pude, y allí estaba: un cuchillo enorme, afilado, perfecto. Sólo tenía que clavármelo, pero iba a resultar difícil. Si me pudiese ayudar Paco… Pero ¿cómo hacerselo entender? Además él nunca lo haría; igualico que los perros. Tendría que hacerlo yo mismo. Como fuese. En aquel momento. Me dispuse a alcanzar el cuchillo, pero entonces Paco lo tomó para abrir aquella lata que se le estaba resistiendo. Me cagué en todo, hablando mal y pronto. Pero es que para eso hay abrelatas, leche. Pero él no; ¡ála! ¡A la antigua usanza!

 

Pero no importaba. No iba a rendirme tan fácilmente, así que sin pensármelo dos veces, le tiré el cuchillo de la mano, de manera que éste salió volando, rebotó contra un armario de la cocina y cayó sobre mí, haciéndome un corte superficialillo. Como ése no era mi objetivo en absoluto, corrí a por el cuchillo, decidido a tocar el filo, y hacerme así un corte más profundo. Y lo conseguí, lo conseguí. Pero Paco me dio inmediatamente atención médica, impidiendo que me desangrase. Mierda. Otro día más teniendo que vivir.

 

Cada vez que me pongo a pensar por la noche, me doy cuenta de lo verdaderamente idiota que soy. Un cuchillo no es fácil de manejar. Tengo que usar una pistola, que aunque tampoco es sencilla, es más rápida y eficaz; está claro. Pero ¿cómo la encuentro? Paco no tiene ninguna en casa, y yo no tengo ni idea de cómo hacerme con una. Como no fuese a uno de esos lugares en donde se dispara al blanco. ¡O al plato! Aunque mucho tendría que saltar para alcanzar semejantes platillos volantes. Nada. La pistola está descartada. Cuando me acuesto lo veo todo claro, pero me levanto, lo reconsidero, y se me va la ilusión completamente. Esto no es vida. Aunque está claro que tampoco muerte.

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