Atropellado

 

Hoy me he levantado dispuesto a ser atropellado. Por un coche, un camión o un barco; lo que sea. Bueno, un barco no, que no sé nadar. Pero un camión o un autobús estaría muy bien. Sería una muerte rápida, eficaz. Dolería; eso sí. Pero, como decía mi madre que en  paz descanse: “Quien algo quiere, algo le cuesta”.

 

El caso es que yo nunca salgo a la calle; bueno, a veces sí, claro, aunque soy bastante casero y procuro no hacerlo. Pero hoy salí; salí. Sólo para suicidarme, por supuesto. No saldría por menos.

 

La verdad es que es el único plan que ronda mi cabeza en este último mes. Se ha convertido en una necesidad, incluso.

 

Salí solo. Paco antes venía conmigo, me llevaba a sitios, pero ahora parece como si no le importase demasiado. Aunque me da igual, la verdad. Como dice siempre él: “Más se perdió en Cuba”.

 

Salí despacio, con miedo, pero verdaderamente dispuesto a saltar a la carretera en cuanto divisase un vehículo grande que pudiese matarme en cuestión de segundos. Aunque puestos a pedir, mejores son las décimas.

 

Miré a ambos lados de la carretera. Venían por la izquierda. Pero el caso es que sólo venía una bicicleta. Seguí esperando y pasó una moto. No estaba seguro de que una motocicleta como aquella fuese capaz de acabar con mi vida, así que no me lancé delante de ella.

 

Esperé un poco más, algo más, bastante más. Y de repente, allí estaba. Era el camión más grande que había visto en mi vida; más grande que un autobús, más grande que un edificio (bueno, tampoco hay que pasarse), pero era grande, graaaaade, grandioso. Absolutamente enorme. Gigantesco, monumental, titánico. Era el camión que había estado esperando toda la… media hora que llevaba allí. Cuando se acercó más a mi altura, me incliné, cogí carrerilla, y esperé dos segundos a tenerlo encima. Ya estaba: ése era el momento perfecto para saltar, para terminar con mi inexplicable existencia. Y corrí. Corrí los 5 pasos que me separaban de la carretera, cogí impulso y… frené. ¡Frené! ¡Tuve que frenar!

 

Tuve que parar en seco, porque una anciana decidió cruzar en ese mismísimo momento. ¡Mi momento! ¡Mi oportunidad de morir! ¡Me la robó una de esas personas mayores que piensan que todo tiene que girar en torno a ellas, y que pueden cruzar la calle sin mirar ¡porque son inmunes o algo parecido! ¡Será oportunista la vieja!

 

Y aquí sigo yo escribiendo este estúpido y morboso diario. ¡Ay! Pero qué manera de perder mi minuto de gloria. La gente no tiene piedad con nadie.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s