A traición

– Cuéntamelo, por favor. Intenta recordar todos los detalles posibles.

– Me encontraba sentada en una mecedora que hay en mi habitación, como tantas otras mañanas. Acababa de tomar uno de mis ostentosos baños, y de pintar mis ojos. La quietud que reinaba en mi hogar era formidable. No había sonido alguno que alterase el curso de mis pensamientos; nada que pudiese perturbarme. Me sentía alegre, como siempre. Quizá contribuía a ello el color amarillo de las paredes de mi cuarto, las variadas flores que allí respiran y los grandes ventanales, que permiten pasar los luminosos rayos del sol, todos los días. Continuaba ensimismada pensando en mis cosas, cuando llamaron a la puerta. De repente, toda la tranquilidad de la que era presa se esfumó. Comencé a sentirme inquieta. Era como si una fuerza extraña estuviese acechándome; esperando a que hiciese un mínimo movimiento para abalanzarse sobre mí. Seguían llamando a la puerta, y yo cada vez estaba más nerviosa, así que al fin abrí. Me encontré con un hombre. Era alto y bien parecido. Tenía el pelo cano aunque parecía joven. Sus rasgados ojos azules transmitían una enorme serenidad. Su nariz, pequeña, resaltaba en mayor medida aquella profunda mirada. Su boca era grande, con finos labios, y cuando se abría dejaba entrever unos perfectos dientes blancos. Su sonrisa también era tranquilizadora, así que, a pesar de la inquietud que había sentido antes, le escuché. Me dijo que se dedicaba a hacer encuestas, y le dejé pasar. Fuimos al salón. Su voz era inmensamente penetrante. No sé… pero es como si le hubiese conocido anteriormente…

Me comentó que la encuesta constaba de preguntas sencillas, y que debía contestarlas sinceramente. Nada más. No me explicó para qué era el cuestionario, así que de nuevo empecé a sentir angustia y miedo. Formulaba las preguntas firmemente, y yo, en cambio, lo hacía de forma débil y con mucho miedo; demasiado, para tratarse de una simple encuesta. Comenzó:

-¿Quién es usted?

-Yo… (No sabía a qué se refería. ¿Debía decirle mi nombre, o pretendía que le diese una respuesta más profunda?) Soy… yo misma. Una persona justa, grande…, conocida… Me llamo Cle… (Callé. Mi voz se quebró. Esperaba que él me animase a continuar. Con una sonrisa o un simple gesto me hubiese conformado, pero él no decía nada, y su mirada se tornó fría como el hielo).

-¿Por qué está usted aquí?

-Pues… (¿A qué lugar se refería? ¿A aquí en la tierra? ¿A mi casa…?) . Porque alguien quiso que yo estuviese aquí, en este momento… (Mi nerviosismo iba en aumento, sin piedad alguna, y sentía que, en un momento dado, explotaría).

-¿Está usted feliz aquí? ¿Es usted feliz?

-Yo… me siento muy realizada, sí. Soy una persona grande… He hecho y haré las cosas como las tenga que hacer ¿Sabe? Si he hecho algo mal, ellos me perdonarán…

-Ya. Creo que estás mintiendo…

-¿Qué…? ¡Cállese, por favor! ¡Cállese! -le decía-.

-Tú sabes cuál es la realidad…-continuaba él-.

-¡No! ¡No siga o le mato!

-¡Sabes que no te llamas Cleo…!

-¡Calle!

Le… maté. No sé qué extraña fuerza me llevó a hacerlo, pero lo hice. El ambiente estaba enrarecido; me faltaba el aire y mis oídos pitaban. Aquella noche apenas pude dormir. Me revolvía inquieta en mi lecho, sin poder conciliar el sueño. En cuanto amaneció hice mis abluciones, de forma mecánica, y me senté de nuevo en la mecedora, muy preocupada. No podía pensar en nada concreto. De repente, llamaron a la puerta. Tardé mucho en abrir. No quería enfrentarme a la realidad. Estaba aterrada, y me sentía como si estuviese atada a la mecedora. Mis músculos estaban agarrotados, y casi comencé a gritar. Seguían llamando a la puerta. Entonces, como si una mano misteriosa me hubiese tocado, mi cuerpo volvió a responder, y el miedo desapareció. Me levanté a abrir. No me lo podía creer: ¡Era él! ¡Había sido un sueño! ¡Un sueño premonitorio, quizá! Sin embargo, había sido tan real… Sentí un escalofrío y le dejé pasar. Me dijo que venía a hacer una encuesta, que consistiría en preguntas fáciles y que debía ser sincera en las respuestas. ¡Todo igual que en mi sueño! Me hizo exactamente las mismas preguntas, y yo contesté de igual manera a como lo había hecho mientras dormía… Y, a pesar de haber visto el futuro en mi descanso, no cambié lo que estaba escrito: volví a matarle. Aquella noche también dormí nerviosa. Un sinfín de pensamientos se agolpaba en mi cerebro, y hacía que se colapsase, como si de una autopista se tratara.

Me levanté exhausta y fui a sentarme en la mecedora. De pronto decidí ir, con un pánico desmedido, al salón, a ver el cadáver. Me sentía arrepentida, asustada, confusa. Entré con los ojos entreabiertos, y, antes de que me diese tiempo a mirar al suelo, llamaron a la puerta. Abrí completamente los ojos, y me quedé horrorizada pensando en que tenía que esconder el cuerpo, antes de abrir. Mi corazón latía aceleradamente y pensaba que me saldría por la boca. Sin embargo, de pronto, me di cuenta de que el cadáver no estaba. No sabía lo que ocurría, así que decidí abrir. ¡Era él, otra vez! Mi confusión aumentaba por momentos. ¡No comprendía nada! Mi corazón estaba siendo víctima de una sorpresa tras otra, y de una mezcla de pánico con una excitación inexplicable. ¿Había tenido un sueño dentro de otro sueño? ¿Había soñado, la noche que acababa de pasar, que había soñado el día anterior que venía un hombre y le mataba? ¿Ellos habían hecho que tuviese un sueño dentro de otro sueño para prevenirme y decirme que no matase a ese hombre? ¿O había tenido un sueño premonitorio, la primera vez, que me anunciaba lo que iba a ocurrir; y, al no modificarlo, se me daba otra oportunidad para ello? ¡Ni siquiera sé si lo que digo tiene sentido! ¿Cómo iban a retroceder ellos el tiempo? ¿Tienen ese poder? Él me miró de igual manera a como lo había hecho las veces anteriores ¿O nunca me había mirado? Le llevé al salón, me explicó lo mismo… Comenzó su interrogatorio… yo contestaba sin pensar. Y… le volví a matar (¿o por vez primera?). No lo sé, la verdad. Si se trataba de un aviso para no matarle, erré de nuevo. Era tan real… yo sentía que le mataba… Todavía siento el frío candelabro en mis manos, el golpe seco en su cabeza, el sonido de su cuerpo al caer: la extremada crudeza de la escena era sobrecogedora… pero…, al día siguiente volvió a llamar a la puerta. No puedo expresar el grado de perplejidad y desorden que habitaba en mí. La cabeza me daba vueltas, me temblaban las piernas… porque yo realmente sentía que le había matado el día anterior con mis propias manos.

El hombre seguía viniendo día tras día. Cuando transcurrieron dos semanas desde la primera vez que le vi, decidí modificar mis respuestas. Quizá el problema era que debía ser más humilde; no lo sé. Y, si ellos querían que no le matase, y me estaban ofreciendo una oportunidad para cambiar mi actitud, seguiría su consejo. Sin embargo, era tan complicado… No podía dejar de ser yo misma ¿Me entiende?

-¿Quién es usted?

-Yo… soy Cleo.

-¿Por qué está usted aquí?

-No lo sé. No puedo contestar a eso.

Y siempre las mismas preguntas.

-¿Está usted feliz aquí? ¿Es usted feliz?

 -Yo… ¡Sí!

-Creo que estás mintiendo.

-No… Otra vez no… No puedo soportarlo…

-Sabes por qué estás aquí, sabes que no eres Cleo, sabes…

-¡No!

Le juro que no podía evitar acabar con su vida. Me sentía impotente. Día tras día veía al mismo hombre, el cual me hacía las mismas preguntas y se enojaba conmigo de extraordinaria manera, porque no me creía cuando le decía que me llamaba Cleo, cuando le contestaba con toda mi sinceridad que no sabía por qué estaba aquí… en este mundo. Usted sabe de qué hablo ¿verdad?; dígame que sí. ¿Conoce la desconcertante sensación que se produce cuando a uno no le creen al decir la verdad? Seguro que sí. Y más aún, cuando uno dice su nombre, y alguien lo niega. Se apoderó de mí una frustración tal… Llegué a dudar, ¿sabe usted? ¡A dudar! De mí misma, ¡de todo! Pero yo… estoy tan segura de quién soy, como de que mi corazón late. Llevo un mes, aproximadamente, viviendo este infierno. Siento que se me va el alma, y no puedo hacer nada.

Ayer volvió a llamar a la puerta. Todo fue distinto:

-¿Quién es usted?

-No.

-¿Por qué está usted aquí?

-¡No!

-¿Está usted feliz aquí?, ¿es usted feliz? ¡Mientes, mientes, mientes!

-¡No, no, no!

-¿Volverás  a matarme?

 Acabó conmigo. Ahora ya dudo de todo. No sé quién soy. No sé qué pasó. Creo, sinceramente, que todo ha sido un mal sueño… pero tan real… Agotó mi ser de tal manera, que he decidido recurrir a usted. Me siento impotente. Mañana volverá. Me cree, ¿verdad? Yo… esta vez… no le mataré; se lo prometo. Diga lo que diga, haga lo que haga. Renunciaré a mi verdadero yo, si es necesario. Estoy desperdiciando la oportunidad que ellos me brindan… ¿Cree que me despertaré algún día de este maldito sueño? Dígame que sí, por favor.

-¿Quiénes son ellos?

-Los dioses.

-Ya. Tu caso es difícil. Llevas dos meses en esta clínica mental…

-Otra vez con eso…

-Déjame hablar. Te lo ruego, escucha: Ayer mataste  a tu tío, el director de esta clínica. Él puso todo de su parte para ayudarte. Tú, Sagrario Grande, enloqueciste cuando falleció tu madre; también paciente de este hospital. Bueno, en realidad, fue el detonante por el que salió a flote tu enfermedad. No has estado soñando un mes con que matabas a un hombre. Lo mataste, y hoy; sólo hoy, has tenido un sueño. Tendremos que analizar esto en profundidad. Tú crees que eres Cleopatra, como le pasaba a tu madre. Pero no lo eres. ¡Por Dios, mírate! Llevas los ojos pintados como si fueses ella, te vistes como tal, ¡crees que duermes en lujosos lechos! Sagrario, no estás bien. ¡Pero creo que te puedes curar! Tu tío hacía lo imposible por que así ocurriese. Necesitaremos unos años, pero con los nuevos tratamientos, con los nuevos sicofármacos, podremos hacer muchas cosas. Tienes una personalidad paranoica. Una paranoia endógena; por factores hereditarios. En realidad, no está del todo claro el diagnóstico, y tampoco espero que tú puedas comprender ahora… Mira, será duro, pero… lo conseguiremos.

-Pero… Yo… creo que no le maté, realmente.

-Lo mataste. Tú misma  has dicho que lo sentías demasiado, como para que sólo hubiera sido un sueño.

-Pero… ¿Mi tío? Bueno… su cara no me era desconocida…

-Sagrario, te curarás. Lo sé.

-Sí…

———————————————

Él la miró expectante. Tenía una expresión, en el rostro, de ansia profunda: como cuando un niño desea saber un secreto: Su primer secreto.

-Hola, Ivo.

-Bueno, ¿qué?

-¿Qué de qué?

-Prometiste que me lo contarías…

-¿Así, sin más? ¿Mi mayor confidencia?

-¡Sí! ¡Soy tu novio! Además, yo ya te he contado mi mayor secreto.

-Pero esto es diferente. Es demasiado fuerte… Y puede que por esto termine nuestra relación.

-¿Qué dices? Te he dicho mil veces que no hay nada que pueda separarnos ¿Es que no confías en mí? ¡Llevamos meses saliendo juntos!

-No sé… Supongo  que sí.

-No lo dices muy convencida. Escucha, Sagrario, te quiero y te querré siempre. Tengas el pasado que tengas. Y confío en que tú confíes ahora en mí. ¿De acuerdo?

-Sí. Pues… bien… -suspiró-. Poco antes de conocerte salí… de una clínica mental. Estuve ingresada dos largos años. ¡Pero no pienses mal! Espera a que termine mi historia.

-Por supuesto… Sigue.

-Todo empezó cuando murió mi padre. Se llamaba Marco Antonio. Mi madre, que estaba locamente enamorada de él, no se recuperó del golpe, y perdió un poco la cordura. Pero sólo un poco. ¡Le dio por pensar que era Cleopatra! No te rías, ¿eh?

-Claro que no

 -Pero no era grave, en serio, no es que estuviese loca ¿sabes? Y… entonces…, me duele bastante recordarlo, el hermano de mi padre la metió en el psiquiátrico. ¡Ese imbécil! ¿Te lo puedes creer? ¡Acabó con mi madre! Murió en un mes. Y no pude soportarlo. Así, que… planeé vengarme. Fingí que me volvía loca, y él no dudó un segundo en internarme en aquel lugar espantoso, sin pensárselo dos veces. El diagnóstico fue Paranoia. ¿Puedes imaginártelo? Estuve dos meses allí, fingiendo que estaba ida y soportando aquel horroroso ambiente. ¿Te imaginas? Cuando pasó ese tiempo… le maté. Le maté… como había planeado. A sangre fría. Entiendes por qué lo hice ¿verdad? Era necesario. ¡Yo sentía que mi madre, muerta, me pedía ese favor! Al día siguiente le conté una historia estúpida al director del Psiquiátrico, y en un año conseguí salir de allí. Mereció la pena, Ivo. No crees que está mal lo que hice, ¿verdad? ¡Era mi madre! ¡Era cuanto me quedaba en este mundo!

Creo que hice una actuación magistral. Gasté más de un año de mi vida representando una trágica obra; un auténtico drama, pero mereció la pena. ¡No fue nada en comparación con la gran tragedia que supone el perder a tus padres en apenas un mes! ¿Qué piensas, Ivo? ¡Contesta!

-Pienso… Pienso que lo que te ha pasado ha sido terrible. Digno de ser escrito por un dramaturgo, sí. Tienes razón. Sin embargo, estoy de acuerdo con que, si tu madre estaba enferma, tu tío la haya llevado a su clínica.

-¿Cómo… Cómo sabes que la clínica era de mi tío?

– Porque lo has dicho.

– No. Yo no te he dicho en ningún momento que mi tío era médico, y que llevó a mi madre a su clínica. ¡Contesta!

– No sé… Lo habré supuesto.

-No te creo, Ivo. Dime, ¿qué sabes de todo esto?

 -… Sagrario, pienso que estás enferma. Tu tío tenía razón. Y eres muy lista: conseguiste engañar al nuevo director de la clínica, pero no a tu tío. Él sabía que le odiabas y sospechaba que te vengarías. Antes de morir, habló con su mujer y le contó lo que pensaba. Cuando murió, ésta contrató a los mejores detectives. Y… aquí estoy yo, que también soy buen actor, y… te presento a mi verdadera novia: mi grabadora.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s