Gesta marina

Ocurrió hace mucho tiempo. Creo. No lo sé. Ya he perdido totalmente la noción de él; de eso sí soy consciente. Del resto, no. Soy ya muy vieja, y me es difícil recordar; sin embargo, he de hacerlo. Todos tenemos la necesidad de contar algo, cualquier cosa, y yo me he reprimido en demasía, durante todos estos años. ¿Por qué? Ignoro la respuesta. Puede ser que no me sienta orgullosa de la vida que he llevado hasta el momento. He cometido gran cantidad de errores, y, en ocasiones, me arrepiento. Cuando esto ocurre, me enojo de tal manera por la impotencia de no poder remediarlo, que termino por ocasionar algún daño a alguien. Se trata de un complejo círculo de dañinos despropósitos, del que nunca podré salir. Por otra parte, un gran número de secretos batalla en mi interior, por conseguir emerger. Poseo gran sabiduría, y nunca he tenido verdaderos amigos, como para contar cuanto sé. Además, para mí resulta extremadamente complicado narrar sucesos. Siempre he preferido demostrar con hechos y no con palabras. Las palabras se las lleva el viento. Quizá por ello voy a hacer uso de ellas, en esta ocasión; deseo se las lleve a un remoto lugar, para olvidar el recuerdo. He de ser fuerte, no debo arrepentirme de nada cuanto hice… eso no es propio de mí. Mas lo escribo, ya que necesito desahogarme. Sí. Yo también me siento ahogada. Esta es la historia de la mar y una mujer, es mi historia.

Hace años, cuando todavía era una niña, vivía con el abuelo, Martín, en una casa de la costa, situada en lo alto de un peñasco. Se trataba de una antigua y pequeña construcción de piedra, deteriorada por el paso del tiempo, y la mar de fondo. Se había intentado derruir en varias ocasiones, pero, por alguna extraña razón, tal empresa no se había llevado a cabo. El abuelo Martín era el único familiar vivo que tenía. Era pescador, y su salud se iba resintiendo cada vez más, por los golpes recibidos contra las rocas, y las sucesivas enfermedades que iba contrayendo. Hacía todo lo posible por llevar a su humilde vivienda algún pez que echarse a la boca, pero con una pequeña y vieja barca, y desgastadas redes, no se podía hacer gran cosa. Así, el abuelo llegó a su postrimería, mórbido y enjuto. Murió mientras pescaba. Yo vi cómo dejaba de existir; hizo todo lo posible por salir a flote, pero no pudo. Los brazos del mar son vigorosos. Sus pertenencias aparecieron, pero su cuerpo nunca lo hizo. 

Debía de tener unos dieciséis años cuando ocurrió todo aquello, y tenía que trabajar. Conocía el arte de la pesca, así que eso era lo mejor que podía hacer. Con la diminuta y ajada barca, y aquellas redes del abuelo, salía todos los días a pescar. Recuerdo los peces. No puedo olvidar aquel olor, la inquietud al preparar el cebo, la fuerza al tirar la caña, la incertidumbre y la tensión al aguardar que picasen, y, por supuesto, la emoción de una pesca lograda, o, también, la desesperación de su contrario. No eran grandes ejemplares, pero eso no tenía relevancia.

Lo cierto es que se trataba de una existencia solitaria. La única fuerza que contribuía a que siguiera viviendo, era el mar. Recuerdo que, en ocasiones, lo pensaba en voz alta: La mar; Inmensa realidad física que consigue, con el mero hecho de aparecer en los pensamientos, hacer estremecer a cualquiera. Las almas más sensibles han sabido comprenderla, y reflejar tamaña creación en escritos, cuadros o esculturas. Unas veces, serena; otras, salvaje; pero siempre, traicionera. Uno no debe fiarse del mar. A veces, parece que la mar escucha, plácida, cuanto le dicen. Aparentemente, permite que muchos se mezan tranquilos en sus aguas; mas sólo apariencia constituye. Aguarda a que uno crea que está calmada, para ganar su confianza. En cuanto uno piensa, empero, que todo saldrá bien en la mar… ella lo traiciona. La mar es orgullosa. Adora el olor del miedo, y no consiente que se haga gala de valentía en su presencia. Uno debe echarse a la mar con ciertas dudas. La clave se encuentra en no tener la certeza de que todo saldrá como uno quiere.

A lo largo de mi existencia, pasé mucho tiempo sin relacionarme con nadie. De vez en cuando hablaba con alguna persona, pero sentía que no me entendía, o, quizá, yo no conseguía explicarme de forma correcta. Quién sabe. He hablado tantas veces, por ello, sola… Continuamente me impersonalizo e intento ser otra: hablo de mí misma en tercera persona. Quien sí llegó a comprenderme fue el abuelo Martín. Con esa mirada ausente que poseía, lograba profundizar en toda realidad. Hablábamos de una gran cantidad de cosas. Me confesaba sus miedos, me contaba sus alegrías. Fue el único.

Ella continuó con la profesión de su abuelo. Todos los días se hacía a la mar para conseguir la ansiada pesca. En numerosas ocasiones estaba picada, pero ella ya se había librado de cualquier miedo, y salía orgullosa sobre aquellas aguas. Le encantaba ver cómo rompía, y también adoraba todo ese proceso de transición entre la bajamar y la pleamar. Cómo se iba llenando un espacio antes vacío, que mostraba parte de la majestuosa interioridad del mar. Se llenaba, pensaba, porque tanta belleza, durante más tiempo del que debiera, podría dañar los ojos. Recordaba la historia que había contado tantas veces el abuelo. La estaba escuchando, como si él estuviese presente:

“Vivía en un país, tan lejano que nadie conoce, hace tiempo, tanto que nadie se acuerda, el hada Niamh. Era una de las hadas del mar. Vivía junto con otras hadas, y eran ellas las que, cuando enojadas estaban, provocaban bravura en la mar; y ellas eran las que, cuando serenas estaban, provocaban que el mar también lo estuviese. Las hadas nunca estaban contentas: o enfadadas o apacibles, pero en ningún momento, alegres. Niamh sí era feliz. Era la más pequeña, y, por tanto, inocente y despreocupada.

La mayor parte de las veces, las hadas estaban furiosas sin motivo, y lo pagaban con los pobres marineros. A Niamh, esto en absoluto le agradaba, así que cierto día se fue a visitar a la gran hada del mar, para contarle cuanto por allá acontecía. La gran hada y Niamh idearon un plan.

Cuando Niamh llegó les propuso algo:

Me he enterado de que navegará, por estas aguas, un hermoso marinero. Viene para encontrar a la mujer de sus más preciados sueños.

Al oír esto, las hadas, por primera vez en su vida, adquirieron una especie de luz en su rostro, que bien podría ser un destello de aquello que se llama alegría.

En cuanto llegó el esperado momento, una de las hadas preguntó:

–   ¿Por dónde llegará nuestro navegante?

–   Eso yo no lo sé. Situaos en un determinado lugar, y si por allí no arriba, id hacia delante; si por allá no lo veis llegar, id hacia detrás.

Las hadas hicieron lo que Niamh aconsejó. Esperaban en un sitio, y, como el hermoso marinero no aparecía, avanzaban y aguardaban. Mas por allí no asomaba, y, por ello, retrocedían. Y así estuvieron ocupadas hasta el día de hoy. Subiendo y bajando. Cuando la mar está brava, es porque están cansadas, irritadas. Desesperadas, preguntándose cuándo llegará su estimado marinero”.

Bonita historia, pero con demasiada fantasía. Las hadas del mar no tienen capacidad para decidir la voluntad de sus aguas. Ellas sólo viven allí, como las sirenas o sirenos, las brujas o los magos marinos.

Adoraba todo ese mundo, quizá porque suponía el único lazo con el abuelo. Sin embargo, dolía el recuerdo, y no podía compartirlo con nadie. ¡Qué soledad sin él!

Ahora sólo quedaba la mar… Recuerdo nuestra primera conversación:

–   Podrías ayudarme a pescar más.

–   ¿Por qué deseas más peces?

Estaba impresionada. Fue algo increíble. Me hablaba.

–   Para… venderlos en la plaza.

–   ¿Para qué?

–   Para ganar algo de dinero, ahorrar e irme de esta casa. Quiero buscar un trabajo.

–   ¿Es que no te gusta lo que haces?

–   No, no es eso. Me encanta. Pero me resulta demasiado doloroso quedarme aquí.

–   Nunca conseguirás felicidad fuera de este entorno. Me necesitas. El abuelo Martín no te enseñó otra cosa.

–   Pero… aprenderé lo que sea.

–   No. No lo harás. No conoces el mundo. No puedes irte. No te irás.

¿Salía esa voz de mi interior?

–   Por favor, Mar, ayúdame.

–   No. Te aprecio demasiado. Si te vas, ¿con quién hablaré yo?

–   Vendré a verte todos los días.

–   No. Vendrás durante un tiempo, pero, luego, dejarás de hacerlo. Y yo ya no podré soportar perderte. No dejaré que te vayas. Te ataré a mis aguas.

–   No puedes hacer eso. No tienes tanto poder.

–   Lo tengo. Soy poderosa.

Todo se quedó en silencio. Había conseguido que sintiese miedo. Quizá lo haría. Quizá estaba loca.

Era perversa. ¿Sería capaz de hacer algo? Tenía miedo. Pocas veces había sentido yo el miedo. Quizá porque nunca me había movido de donde estaba.

Al día siguiente, estaba pensativa en unas rocas con una vieja caña de pescar. No picaban. Era inusual. El cebo intacto. El corcho a flote.

Cuanto después aconteció, lo hizo con celeridad y confusión. Sólo se veía sangre. Habían picado.

–   ¿Qué diablos…?

–   ¡Ah!- un desgarrador grito se ahogó en las aguas-.

–   ¡Dios! ¡Es un hombre! ¡Ayuda!

–   Nadie te puede oír.

–   ¡Era un hombre! Ayúdame a sacarlo de tus aguas, por favor, ¡se va a ahogar!

–   ¿Estás segura de que quieres eso?

–   ¡Sí, claro! ¡Por favor!

Los siguientes sucesos fueron aún más singulares. Aquel hombre salió a la superficie. Mas no era un hombre. Era un sireno. No se puede explicar con exactitud el nivel de perplejidad que tenía. Era algo lógico. No se ven sirenos todos los días. Se cree que constituyen leyendas. Y ni tan siquiera las leyendas hablan de ellos. Sólo de sirenas se ha oído hablar; que, con su canto, hipnotizan a los marineros en alta mar. Pero los sirenos también existen. Y ellos no cantan; sólo hablan. Y Sus palabras causan el mismo efecto en las personas, que las melodías de las sirenas. No hizo falta terminar una frase, para que surgiera el amor:

–   ¿Estás bien? Yo… lo siento.

Su mirada era transparente; se adaptaba a la tonalidad que la mar tenía en ese momento. Su nariz, perfectamente armónica; sus labios, carnosos y rosados como el coral; su cabello, negro azulado, largo y brillante. Su cuerpo, vigoroso; su voz, penetrante.

–   Sí, estoy bien. Yo… no sé cómo he llegado hasta aquí. Vivo en las profundidades del océano, y… supongo que la fuerza de tu mirada me atrajo.

Y, como ya he dicho, con su coquetería y donosura, surgió el más grande de los amores jamás visto. Que no el más verdadero, pues fruto de un encanto fue; sin embargo, quien no ha sido hechizado no puede llegar a imaginar lo verdadero que puede parecer el amor cuando uno se encuentra en tal estado. La razón se nubla, y sólo el corazón canta. Canta, pues es tan hermoso lo que dice, que sólo puede ser expulsado del cuerpo, en forma de melodía.

Los días se sucedieron; las semanas, también. Y éstas, pronto, tornáronse meses. La singular y racial pareja continuaba profesándose amor mutuo, sin tener en cuenta lo demás. Todo cuanto alrededor se encontraba dejó de tener valor para ellos. Y, cómo no, la mar se irritó:

–   Me encuentro profundamente apenada, niña.

–   ¿Qué ocurre?

–   El amor te envié para que te quedaras en este lugar. Sin embargo, ahora, tú sólo tienes ojos para él. Has dejado de hablar conmigo.

–   Comprendo. ¿Así que fuiste tú quien lo trajo?

–   Por supuesto.

–   Yo… le quiero. No puedo dejar de mirarle. Ya estoy extrañando sus ojos, mientras converso contigo. Tú podrías ayudarme. ¡Es tan duro amar a alguien tan distinto! Él no puede salir del agua, y yo no puedo respirar dentro de ella. Podrías convertirme en sirena.

–   ¿Qué cosa está escuchando mi ser? ¡Magnánimas estupideces! Te regaño porque quiero hablar más contigo, me quejo de que olvidada me tienes, y tú me contestas que quieres estar más tiempo con tu sireno. ¡Que cambie tu naturaleza! Pequeña ingenua, ¡no soy Dios! Y aunque poder pudiese, no lo haría. Más aún. Este encanto del que poseída te encuentras hoy tocará a su fin.

–   ¿Qué quieres decir? ¿De qué encanto hablas?

–   Querida niña, no es amor lo que sientes. Esa fuerza no la conoces todavía. Quiero que en mis aguas te quedes, pero estando conmigo.

Todo se quedó en silencio. Allí estaba él, tan apuesto, dormido junto a una roca. Las aguas comenzaron a enturbiarse. Poco a poco, alcanzaron los cuatro metros de altura. Mar gruesa. Gruesa mar que le golpeó contra esa roca junto a la que dormía, con un desmesurado ímpetu, como nunca nadie vio. Mar maldita que acabó con su vida en un instante. Como con la del abuelo Martín.

Y es que nadie puede contra la mar. “Es traidora y vengativa…” Siempre he escuchado las mismas palabras. Siempre, de todos cuantos me conocen. Es cierto. Lo soy. Y cuando empiezo a apreciar a una persona, le hago daño sin querer hacerlo. No puedo evitarlo. Soy así. No he sido creada para sentir, sólo lo fui con objeto de albergar a millones de criaturas vivas en mi ser. Sin embargo, fue algo irremediable el que yo sintiese. Tan grande, y con tanta vida en mi interior; y, sobre todo, con esa gran cantidad de personas sensibles (artistas todos ellos, sólo por el hecho de saber sentir) que han intentado conocerme y darme vida de diferentes maneras… hubiese sido imposible que yo no cobrase vida. Eso sí. Tiene un precio. Puedo enamorarme de seres de distinta naturaleza, pero acabaré  matándoles. Como a Martín. A él sí que le quería. Qué puedo hacer, es mi cruz.

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